Star Trek Spotlight nº01

Título: El Gambito de Dante (I) y  Yo, Nero (I)
Autor: Guillermo Moreno y Miguel Ángel Naharro 
Portada: Benito Gallego
Publicado en: Enero 2012

¡Nueva serie!¡Dos nuevas historias! Comienza el Gambito de Dante, protagonizada por la capitana Matsumoto. Nero recuerda lo ocurrido tras sobrevivir a la destrucción de su colonia y los sucesos que le llevaron a seguir la senda de su venganza. .
El espacio, la última frontera... Estas son las aventuras de los miembros de la Flota Estelar, hombres y mujeres valientes consagrados a velar por la seguridad de la Federación Unida de Planetas, a defender sus principios y virtudes... y a explorar, llegando donde ningún hombre ha llegado jamás.
Gene Rodenberry y Action Tales presentan:
Creado por Gene Rodenberry


El Gambito de Dante Cap. I
Escrito por Guillermo Moreno


I

La tenue luz y el humo le daban a los pasillos de la base estelar un aspecto siniestro; totalmente distinto del usual antiséptico y artificial que poseían todas las estaciones federales. Kuriko había estado en Espacio Profundo 9 y en aquel momento  no pudo evitar sentirse de nuevo en aquel lugar, al estar rodeada de tanta oscuridad y calor. Con su arma faser en mano avanzó con mucho cuidado; durante un momento estuvo tentada a tocar su insignia para comunicarse con su primer oficial, pero algo dentro de ella le decía que Dante estaba cerca, debía darse prisa y no advertir su posición.

Anduvo un rato, el humo y la escasa iluminación eran desorientadores. Durante un buen rato la situación no varió hasta que el ruido de la batalla la guió hasta un pasillo. Llegó hasta el final del corredor, se arrodilló con cuidado en la esquina, cuando escuchó unos gorgoteos y una carcajada; y en un instante supo que aquel hombre y su secuaz estaban haciendo algo degenerado. Con la cautela propia de un felino, la mujer se asomó por el corredor. Vio el camino plagado de los cadáveres de varios miembros del cuerpo de seguridad de la base estelar. Todo heridos y algunos aun humeando por los impactos de disruptores que recibieron. Al final de aquella masacre se hallaban las dos figuran que conocía bien.

Alto, fornido y de aspecto bestial, el secuaz sin nombre estrangulaba a un agente mientras que a su lado Dante sonreía y observaba embelesado. Ambos pertenecían a la misma especie: los Dacteri; y presentaban sin duda los rasgos característicos de aquel pueblo, pero no podían ser más diferentes. Eso, en gran medida, se debía a aquella especie estaba dividida en castas; el gigantesco asesino era un soldado, diseñado genéticamente para combatir, resistir el dolor, y verse imponente. En cambio, Dante era de la clase regente,  y su aspecto estaba en consonancia con ello, era delgado, cruel, resistente y… hermoso.

Kuriko tuvo que reprimir su ira mientras que rápidamente ajustaba su Faser a matar. — Cálmate— se conminó. Inspiró y exhaló hasta que sintió que se calmaba lo suficiente como para disiparle al Secuaz. Deseaba a Dante vivo, lo necesitaba en buenas condiciones, pero al secuaz le haría pagar por la muerte de todos esos jóvenes, y por el atentado en la base.

Observó al soldado, llevaba este una armadura, la joven sabía que aquella obra de diseño militar absorbería parte de la energía del faser dándole posibilidades de sobrevivir y contraatacar, era por lo tanto imperativo ser certera. Así que con calma, controlando su respiración apuntó al cuello, un punto desprotegido. Una vez que logró hacerlo apretó el gatillo.

El fogonazo del Faser iluminó el pasillo y arrojó al hombretón contra el muro del fondo, el sonido del impacto resonó por todo el pasillo. Dante aulló y corrió hacia donde estaba despejado, a la derecha. Pudo haber huido, pero su ego lo conminó a decir algo.

—Capitana Matsumoto, no la sentí llegar. — dijo desde la esquina, el tono en su voz era mezcla de algo de desdén, sorpresa y burla. —Veo que has mejorado en el arte de ocultar tus pensamientos.

Kuriko no pudo evitar sonreír por aquel halago. Dante era un psíquico muy poderoso, tanto como los grandes maestros de Vulcano o Betazed. También poseía otros poderes asombrosos, y el hecho de agarrarlo desprevenido con una técnica básica como el blanqueo del pensamiento, era ya un triunfo para la capitana. Kuriko, sin pensarlo volvió a disparar, esta vez contra el muro del fondo, y Dante volvió a aullar.

—Ser así de incivilizado es innecesario, Capitana. — agregó.

—Eres hombre muerto, Dante— replicó Kuriko incapaz de contenerse, mientras volvía durante un segundo la vista hacia el faser para colocarlo en una posición que hiciese menos daño, al fin y al cabo la meta era capturar a Dante vivo.

— Todos estamos muertos, amada mía.


—Entonces no te molestará unirte a la fiesta. — Replicó Kuriko. —Dime ¿Esta vez por qué es? ¿De nuevo quieres que la Federación libere a Bai-lang del control hegemónico del Directorio? o ¿Ta vez porqué se te rompió una uña?

—No, esta vez es por la Emperatriz Donatra, los refugiados y disidentes romulanos. — replicó, Kuriko pudo percibir el descontrol, en la voz de Dante.

— ¡Política! ¡Qué mediocre!, ¿sabes, Dante? ya no te creo nada; todo esto Dante, todo esto fue por...

—Motivos elevados amada... — le atajó el Dacteri. En otro momento la capitana se habría molestado por la intromisión, pero el hecho de que este la cortará en pleno dialogo era claro ejemplo de que sus juegos mentales estaban funcionando.

—Puro placer— replicó ella— no reconocerías un motivo elevado aunque te mordiera el trasero. Un Klingon ebrio y un avaro Ferengi, un esclavista Breen, todos ellos son más elevados que tú.

— ¿Cómo osas?— replicó enfurecido mientras hacia un amago para salir del sitio seguro.

Al ver su cabeza Kuriko disparó sin dudarlo, pero el hombre alcanzó a agacharse y evitar el disparo.

Acto seguido se internó en el pasillo. Kuriko toco su insignia y replicó.

—Número uno, se dirige al almacén. Voy a por él.

— Espéreme Capitán. —replicó la voz del primer oficial. —No vayas sin respaldo.

Sin dudarlo un segundo Kuriko Matsumoto se internó en el pasillo. Echó un vistazo a los cadáveres, aquella visión  encendió su ira, mucho más.

La puerta del almacén estaba atascada, y Kuriko no hallaba forma de destrabarla por los medios convencionales.  Estuvo tentada, durante un momento, a descargar toda la energía del faser contra aquel muro, pero si lo hacía quedaría indefensa contra Dante.

Sabía que el hombre no escaparía por medio de los teletransportadores porque todos en la estación fueron inhabilitados, y a su vez varias sondas recorrían la estación evitando cualquier forma de movimientos por ese método. Comenzó al golpear la maldita puerta, y a gritarle.

—Capitán, ya veo que me hizo caso. — replicó una voz familiar desde el pasillo. Al cabo de unos segundos estaba a su lado su primer oficial y un joven alférez. Rann Thalas, era un bajorano alto, rubio y bien parecido; su nariz y labios evocaban a las estatuas del arte grecorromano, sino no fuese por sus estrías. Era todo un adonis, y a juicio de la capitana un hombre deseable, sino fuese por aquella gélida mirada que siempre tenía en sus ojos azules.

—Ayúdeme a abrir esta puerta. — ordenó y cayó en cuenta que a Rann lo acompañaba un joven alférez.

—Si, Capitana— replicó el alférez y con la velocidad que caracteriza a todo joven en la flota puso manos a la obra.

La puerta rechinó con fuerza mientras era forzada por los tres oficiales de la flota. Al cabo de unos segundos lograron abrirla. El almacén estaba muy bien iluminado, más o menos vacío y en el medio estaba él.

Dante, se hallaba de pie en medio de tres cilindros que flotaban a su alrededor, dos brillaban y él estaba presto a encender el tercero. Kuriko no tuvo que mirar por una segunda vez para saber que esos aparatos pretendían inhabilitar el campo restrictivo que pendía sobre la base. ¿Pero si hacia eso como escaparía? Pues salvo su nave, la U.S.S Hermod en aquel sector no existía ninguna nave espacial.

— ¿Y, bueno?  ¿Qué haremos?— inquirió Dante.

Kuriko lo observó, estaba en el medio, parecía una especie de querubín pervertido con sus ojos amarillos, sus pómulos altos,  sus cabellos amarillos trigo recogida pulcramente en una cola y aquella candorosa sonrisa, que dejaba ver sus colmillos. Las estrías que los dacteri poseían, nacían en las sienes y descansaban en las mejillas, con frecuencia eran de un azul celeste, pero las de Dante brillaban en un verdor fluorescente que expresaba que había algo inusual, no solo en él sino en su salud.

—Aléjese de ese supresor y tiéndase en el suelo. Usted está arrestado por cargos criminales contra la Federación Unida de Planetas.

— ¡Ah! El Estoico caballero andante — dijo — Es excelente papel para usted, señor Thalas. Pero, créame no le queda. Así no se ganará su corazón.

El primer oficial gruñó; mientras el hombre se carcajeaba.  Kuriko pasó por alto el  mordaz comentario de Dante y el trató confianzudo que tuvo con su primer oficial al llamarlo por su nombre y no por su apellido.

—Haz lo que te dijo el Comandante Rann— Ordenó Kuriko.

—¡¡Ese tono, querida mía!! — replicó Dante, quien se sentía ganador. — Yo no soy uno de tus monigotes, pseudomilitares que te saludan y tratan con vehemencia y supuesto respeto y demás solo por cuatro cuentas de metal en tu cuello.  Yo soy…

—Dante, Alto Jerarca del Único, sucesor del Trono dorado, Emperador de Bay-lang… blah, blah Blah. Hazte un favor, Dacteri. Cállate. — así replicó la mujer.

La expresión en el rostro de Dante cambió. Ahora miraba a la capitana lleno de ira; sus ojos amarillos fueron cubiertos por un segundo parpado blanco, y sus estrías brillaron con fuerza. Movió sus pies adelante y terminó de encender el cilindro.

— ¡Fuego!— Ordenó Kuriko sin dudarlo.

Tres descargas de Faser  salieron disparadas con precisión; en condiciones normales habrían impactado de lleno en aquel hombre mientras lo arrojarían al suelo; pero aquellas no eran condiciones normales. Un campo de energía apareció entre los oficiales y Dante. El destello iluminó el almacén por completo y con él la risa burlona de Dante.

—Adiós Thalas, piensa en lo que te dije. Adiós amada mía, ya nos veremos. Adiós alférez Bonilla, espero que no haya pecado contra su Dios. — dijo Dante, y acto seguido desenfundo un disruptor que disparó contra este último.

Thalas apenas pudo responder y  Kuriko alcanzó solo a avanzar unos pasos mientras gritaba llena de furia, al ver como un joven alférez caía muerto y el maldito de Dante se desvanecía.  El sonido del cadáver del alférez al caer al suelo, sacó a la mujer de su ensoñación.

—Maldito Dante, ganaste de nuevo.— dijo conteniendo la ira que crecía cada vez más al percatarse de que, la elaborada huida de Dante, y el efectivo ataque significaba que aquel había sido un plan, también diseñado que sin duda había infiltrados dentro de la base. 

Tocó con fuerza su insignia y dijo. — Alerta, Teniente Comandante Bolívar, el canario se ha escapado de la jaula.

Continuará….




Yo, Nero
Cap. 1
Escrito por Miguel Ángel Naharro

El embajador de la Federación llamado Spock, se hallaba reunido en Rómulo junto a su grupo de romulanos afines a sus teorías. Hacía años que llevaba viviendo en el seno del Imperio Romulano, intentando que la reunificación de los pueblos vulcano y romulano fuese una realidad. No en vano, eran pueblos hermanos, aunque separados por siglos de odios y rencillas.

—Os puedo prometer que pronto llegará nuestro momento, amigos míos. —Dijo Spock a los allí reunidos. Romulanos con la conciencia de seguir al vulcano como si fuese un líder y con la esperanza de que la paz llegase gracias a su liderazgo

Se escuchó un fuerte ruido, y a continuación, la puerta de la estancia donde se encontraban saltó por los aires. Cuando el humo se hubo despejado, una figura fue visible para todos ellos. Un romulano alto y musculoso, vestido totalmente de negro, con su cabeza completamente afeitada y su piel cubierta  de dibujos que eran símbolos funerarios de pesar por la muerte de algún ser querido en la cultura romulana. Llevaba en su mano un arma, similar a un bastón, pero acabado en varias puntas afiladas.

— ¿Más falsas promesas, Spock? ¿Cómo las que me hiciste a mí?

—Nero. —Dijo el vulcano con reconocimiento.

Los romulanos afines a Spock rodearon al intruso.

—Te protegeremos. No dejaremos que  este asesino te haga daño. —Dijo uno de ellos.

— ¿Asesino? ¡El único asesino aquí es quien está a vuestro lado!

Spock levantó las manos como queriendo poner paz.

—Esto no es necesario, Nero, podemos hablar sobre lo ocurrido, intentar arreglarlo…

—La hora de las palabras terminó cuando me traicionaste, Spock. Es la hora de la venganza. —Dijo Nero accionando un botón en su Teral’n Debrune, su fiel arma, y las cuchillas se desplegaron para el combate.

El antiguo centurión del ejército romulano se lanzó al ataque. Su destreza como guerrero era temida en todo el Imperio y como tal sus oponentes la sintieron.

Un romulano intentó golpearle, Nero lo esquivó y a continuación lo empaló con su arma, clavándole las cuchillas en el estomago. La sangre verde manchó las ropas de Nero, y más cuando uno de los seguidores de Spock le intentó sujetar por la espalda. Con una hábil llave, el ex-comandante se lo quitó de encima, para después atravesarle el pecho con violencia.

El siguiente oponente sacó un disruptor dispuesto a desintegrarle. Nero movió su arma y le apuntó, descargando un haz de energía conmocionadora que lo derribó violentamente.

Ya sólo quedaban en pie ellos dos. Nero clavó su terrible mirada en el objeto de su intenso odio.

—No tienes que llegar a esto, Nero. Me culpas a mí de tu tragedia,  cuando fue un accidente. —Dijo Spock imperturbable aparentemente.

— ¿Un accidente? Murieron miles de personas inocentes, incluida mi amada esposa y mi hijo no nato. Y todo por tu prepotencia, creyéndote un salvador, como haces creer a estos pobres infelices que te siguen como si fueses a traer una nueva era de paz entre Vulcano y Rómulo. ¡Eso nunca pasará!

—No fui el único culpable, tu gobierno…


—Mi débil y corrupto gobierno pagará con creces el desgobierno y la dejadez en las que nos tienen sumidos. Pero ahora es tu turno, Spock ¡Ha llegado la hora de cumplir mi juramento y acabar con tu vida!

 

El anciano vulcaniano se quedó impasible, sin mover ni un sólo musculo cuando Nero se acercó empuñando su arma.

 —Haz lo que debas hacer. No detendré tu mano.

Nero levantó su Teral’n Debrune y descargó toda su furia en Spock. Asestado un único y certero golpe que atravesó el corazón del vulcaniano haciendo que muriese en el acto.

Nero se quedó contemplando el cadáver inmóvil de su enemigo jurado, aquel a quien había jurado matar desde el momento en el que se consumó la tragedia de Rigus Velta.

Recordaba cómo tras descubrir los científicos de la colonia que la estrella del sistema amenazaba con convertirse en una nova, acudió al senado del Imperio Romulano pidiendo ayuda. Sin embargo, no se tomaron en serio las advertencias, considerando que eran algún error de los astrónomos de la colonia. Sólo el embajador Spock acudió en su respuesta de auxilio, y con un grupo de amigos suyos de la Federación le prometió que salvaría a su hogar.

No fue así, en vez de salvarlos, su intervención aceleró el proceso y la estrella se convirtió en una nova, arrasando  todo el sistema. Incluido todas las personas que conocía y amaba. Su querida esposa Narada, embarazada de quien iba a ser su hijo, murieron sin que él no pudiese hacer nada para salvarlos. Todo por culpa de Spock, la Federación y el incompetente gobierno actual del Imperio.[1]

—Computadora. Fin del programa.

Todo lo que le rodeaba desapareció, dejando en su lugar una holocubierta vacía.

Unos instantes más tardes, las puertas de la sala se abrieron dando paso a su amigo y compañero Ayel. Aunque no tenía por qué, se había afeitado también el cráneo y dibujado los símbolos funerarios como muestra de respeto y apoyo a su capitán y amigo. Muchos de su tripulación, reunida entre los hombres más leales con los que tuvo el placer de servir en sus días del ejército habían seguido el ejemplo. Lo que era un orgullo para Nero.

—Estas de nuevo aquí ¿Cuántas veces ensayaras tu venganza final contra el llamado Spock?

—Preguntó Ayel con algo de preocupación en el rostro.

—Las veces que haga falta. Las cientos de muertes diferentes con las que le he obsequiado en esta simulación no serán nada como lo que le ocurrirá cuando lo tenga entre mis manos.

—Deberías descansar, capitán. Apenas duermes, y las próximas jornadas serán muy duras. Nos queda mucho por hacer, amigo mío.

Nero miró a su antiguo compañero de armas y asintió.

—Tienes razón, Ayel. Mejor me retiro a mis aposentos e intento descansar un poco. Cualquier cosa despiértame de inmediato.

—Por supuesto. —Dijo retirándose su amigo.

Nero subió a su camarote. Lo que no le dijo a Ayer es que prefería no dormir. En sus sueños sólo veía el rostro de su mujer gritando una y otra vez, y eso no dejaba de torturarle. Se preguntaba si dejaría de ver su rostro sufriendo cada vez que cerrase los ojos.

Se tumbó en su litera. Sin embargo, el sueño no llegaba. Su mente retrocedía meses atrás. Cuando a bordo de la capsula lanzada por Spock desde su carguero justo antes de estallar la estrella(2). La capsula fue flotando sin rumbo por el espacio sideral hasta que fue encontrada por una nave que la recogió. Por suerte o por desgracia, se trataba de un crucero de guerra klingon. El capitán klingon lo reconoció en los archivos como un comandante romulano que intervino en varias escaramuzas contra los klingon. El odio entre los romulanos y los klingon era ya algo antiguo. Por lo que enseguida fue conducido a un tribunal del Imperio Klingon. O más bien la parodia de uno. La justicia klingon no era conocida por su eficacia y su imparcialidad precisamente, por lo que evidentemente fue considerado culpable de crímenes contra el Imperio y condenado. Su condena, pasar el resto de sus días en uno de los peores penales conocidos: Rura Penthe


Rura Penthe era una colonia penal klingon donde iban a parar los pobres desgraciados condenados por crímenes contra el Imperio. Estaba situada en un asteroide helado, donde sus bajas temperaturas dificultaban cualquier intento de fuga.  Los prisioneros de la colonia están condenados a una vida de trabajos forzados extrayendo minerales de las minas en el interior del asteroide. Era una de las prisiones más duras y peligrosas de la galaxia y donde el índice de supervivencia era ínfimo.

Una vez hubo ingresado en la prisión, fue llevado ante el alcaide  de Rura Penthe. Los guardias klingon del penal no consideraban muy honorable pasar sus días custodiando a la escoria de docenas de sistemas, así que hacía tiempo que habían optado por cubrir sus rostros con cascos metálicos para evitarles tal deshonra. Preferirían estar a miles de años luz de distancia combatiendo en cualquier batalla antes que perder el tiempo siendo unos simples guardias en el basurero galáctico que era como llamaban a Rura Penthe  en gran parte del Imperio y de otros gobiernos.

El alcaide se hallaba sentado en un asiento, y un Targ a su lado, sujetado por una cadena. Un Targ era un animal salvaje del mundo klingon, usado tanto para ser cazado como de mascota o incluso de comida.

—Así que tú eres el conocido Nero. Tus andanzas en el campo de batalla aseguraban que eras un guerrero temible, pero a mí no me impresionas en lo más mínimo, romulano. —Dijo el klingon con una mueca de despreció.

Nero no dijo nada.

— ¿Acaso no te has quedado mudo, romulano? No esperes volver a ver nunca a la zorra romulana que tengas como esposa ni a tus hijos o amigos, escoria.

La mención de su esposa hizo que Nero intentase lanzarse contra el alcaide, pero los guardias lo sujetaron.

—Si vuelves a mencionar a mi esposa te mataré con mis propias manos.


El klingon hizo una mueca interpretable como una sonrisa.


—Parece que no eres mudo. Lleváoslo, que comience en la mina de inmediato.

Nero lo miró con odio mientras se lo llevaban.

Las minas subterráneas del asteroide se alargaban kilómetros y kilómetros bajo la superficie, donde los prisioneros trabajaban día y noche para extraer metales sin tomarse un momento de descanso. Muchos morían de cansancio y pobre del que cayese bajo los efectos de alguna enfermedad pues estaba condenado. Los klingon despreciaban a los débiles y las atenciones médicas eran casi inexistentes en este lugar olvidado de la mano de cualquier dios que conociesen.

El elevador los internó a Nero y al resto de prisioneros en las profundidades de una de las minas y comenzó su condena. Las jornadas eran siempre iguales en  la mina. Excavando y picando las duras rocas para intentar encontrar los metales que eran requeridos para construir armas, naves y lo que necesitasen en los rincones más alejados del Imperio Klingon.  Con picos rudimentarios y si tenías mucha suerte un cortador laser estándar.

Nero estaba rodeado de todo tipo de presos, klingons, ferengis, Carcassianos y multitud de razas diferentes incluso de algunas que ni había oído hablar en  toda su vida. La mayoría de reclusos se preocupaban más que de sus propios asuntos y no existía algo como la cordialidad ni la hospitalidad 

entre ellos mismos, por lo que Nero apenas cruzaba palabra con cualquiera de  ellos en los interminables días de duro trabajo en las galerías de la mina.

Consiguió que le vendiesen algo de  tinta para poder grabarse los símbolos rituales por el luto por su familia perdida.

Sólo un pensamiento le ayudaba a sobrevivir en ese duro entorno “Venganza”

La esperanza de la huida era mínima, en más de cien años que llevaba en pie, sólo el capitán James T. Kirk y el Doctor Leonard Mccoy de la Federación consiguieron huir. [3]

La hostilidad de los elementos y la baja temperatura de la superficie hacían que la supervivencia en caso de escapar de la prisión fuese una auténtica quimera. Ni siquiera el rescate  exterior era una opción. Un campo de distorsión rodeaba el asteroide, interfiriendo con cualquier intento de teletransporte desde una nave en órbita. Aunque ese fuese un caso improbable ¿Quién querría rescatarlo? Su propio gobierno le había traicionado, como llevaban haciendo con su propio pueblo y convirtiendo al otrora poderosos e invencible Imperio Estelar Romulano en el hazmerreír del cuadrante.

Fue entonces cuando un alienígena de tez albina, ojos saltones negros y cuatro brazos se le acercó un día mientras Nero trabajaba duro picando la roca.

—Nero, debes estar preparado, alguien te quiere fuera y pronto llegará la hora.- Dijo el extraño alienígena.

Nero se quedó mirando a la criatura.

—Quien eres y porque me tengo que fiar de ti.

El alienígena miró a un lado y a otro, cerciorándose que estaban a salvo de miradas curiosas.

—Soy Devior, alguien importante se ha fijado en ti y te liberará pronto.

— ¿Y por qué debería hacerte caso? Podrías estar engañándome. En este sitio inmundo nadie es de fiar.

—Me dijeron que te ayudarían a vengarte de quienes te traicionaron, los culpables de tu tragedia.

El romulano lo agarró fuerte contra una de las paredes del túnel.

—Si me mientes, te mataré.

—Me parece justo. Quienes me pagan son amigos y aliados que te necesitan.

— ¿Me necesitan? Para qué me quieren.

—Según sus  propias palabras, para devolver al Imperio Romulano al sitio que le corresponde realmente.

Continuará…
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Referencias:
1 .- Como se vio en los nº17 y 18 de Star Trek Original Series aquí mismo en AT
2 .- Como se pudo ver en Star Trek Original Series#18
3 .- En Star Trek VI: Aquel País Desconocido

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