Star Trek: en una galaxia muy lejana nº07

Título: La Hora de las Despedidas
Autor: Sigfrido
Portada: Sigfrido
Publicado en: Mayo 2012

¡Capitulo final! Tras el rescate de Leia, los rebeldes tratarán de ayudar a la tripulación de la Enterprise a regresar a casa, ¡antes de que el Imperio pueda detenerlos!


¿Que ocurriría si la Federación Unida de Planetas coexistiese con el Imperio Galáctico? ¿Cómo sería ese hipotético cruce de las dos franquicias galacticas mas importantes del siglo XX? Adentrate con nosotros en este fantástico nuevo universo lleno posibilidades, hacia una galaxia muy, muy lejana... hasta donde ningún hombre ha llegado jamás!
Star Trek creado por Gene Roddenberry.
 Star Wars creado por George Lucas.

Nota del autor: para situar "cronológicamente" esta historia dentro de la mitologia de ambas franquicias, deberemos suponer que ambas corren en paralelo. Para Star Trek estaría situada tras la tercera temporada de Star Trek: the Original Series; en el aso de Star Wars, se situaría entre Una Nueva Esperanza (Episodio III) y El Imperio Contraaataca (Episodio IV)

Resumen de lo publicado: Al responder a una llamada de auxilio en un planeta perdido, el capitán James T. Kirk y su tripulación descubren una estructura alienígena construida hace miles de años. Esta estructura oculta en su interior una máquina capaz de crear torbellinos subespaciales que se pone en marcha misteriosamente. El U.S.S. Enterprise es engullido por ese torbellino y trasladado a una galaxia muy, muy lejana... Allí encuentran a Luke Skywalker en estado de coma en su Ala-X. Posteriormente, aparece el Halcón Milenario, cuyos tripulantes son teletransportados a bordo del Enterprise para visitar a su amigo. Sin tiempo casi para conocerse, son atacados por una gigantesca nave proveniente del hiperespacio: un destructor del Imperio Galáctico. Tras un épico enfrentamiento, el Enterprise es derrotado. Dos destructores más logran atraparlo en un rayo tractor. Gracias a la capacidad de persuasión del capitán Kirk, logran ganar tiempo para idear un plan de escape. Consiguen destruir la nave que los tenía atrapados transportando a su interior una carga explosiva. Después el Enterprise logra huir de las otras dos saltando al hiperespacio con el hiperimpulsor del Halcón Milenario. Pero el siniestro Darth Vader sobrevive a la explosión de su nave con sólo una idea en su cabeza: venganza. Gracias a las habilidades mentales de Spock, Luke logra volver al mundo de los vivos. En la base rebelde de Hoth y tras una agria discusión, el joven piloto intercede para que la Alianza apoye a los tripulantes del Enterprise en la busqueda de una forma de regresar a su hogar. Es también gracias a Luke que descubren el significado del mensaje encriptado que encontraron en su galaxia. Todo parece indicar que deben dirigirse a un sistema inexplorado en el Espacio Salvaje: el sistema Elcano. El tercer planeta de dicho sistema es un mundo marino bajo cuyas aguas descansa una estructura alienígena similar a la que los tripulantes del Enterprise encontraron en su galaxia de origen. Tras conocer a una criaturas acuáticas inteligentes nativas, consiguen acceder al interior de la estructura haciéndola emerger. Pero la alegría dura poco, a la máquina que es capaz de generar torbellinos subespaciales le falta la pieza clave que permite su funcionamiento, una estatua que representa a los constructores de la misma y que posee cualidades extraordinarias. Decididos a encontrarla, Han les propone que comiencen buscando en los archivos de Rel´c Morgerca, un traficante de arte para el que realizó algunos trabajos en el pasado. Allí descubren que la estatua perdida se encuentra en el Museo Galáctico de Coruscant, tendrán que robarla. A cambio de un pequeño capricho, Morgerca decide ayudarles en su cometido, para ello recurre a su cliente y amigo Arak Malson, un hampón que posee un dispositivo de camuflaje. En Ord Mantell, un equipo encabezado por Han y Scott consigue el preciado ingenio, pese a los esfuerzos del cazarrecompensas Boba Fett por atrapar al corelliano. Otro equipo, formado por Kirk, Leia, Spock y McCoy, viaja a Coruscant para localizar la estatua y facilitar su teletransporte, pero la estatua resulta ser falsa, y son descubiertos por el Imperio. Tras una accidentada persecución, son atrapados por Vader y sus hombres. El emperador siente curiosidad por los tres tripulantes del Enterprise, y ordena que los lleven a su presencia. Tras su entrevista con el soberano galáctico, Kirk, Spock y McCoy descubren que sabe de la existencia del transportador espacio-dimensional, y que su plan es acceder a él para extender su reino de maldad. Al no conseguir sus propósitos, el emperador los encierra junto a Leia. En el Enterprise, dotado ya de una pantalla de invisibilidad, deciden organizar una operación de rescate. El estado crítico de Leia, torturada por Darth Vader, hace que los planes cambien. Pero pese a las dificultades, logran rescatarlos a todos, tras inutilizar el escudo protector del Centro Imperial...


Leia abrió los ojos rodeada de amigos, y una sonrisa de alivio iluminó su aletargado rostro.

—Bienvenida de nuevo a bordo, alteza —la saludó el Dr. McCoy con galantería.

—… ¿Y Vader? —balbuceó adormilada.

—Lejos, muy lejos —respondió Luke—. Ahora estás a salvo, en la enfermería del Enterprise.

—¿Cómo salí del Centro Imperial?

—Os rescatamos a todos —contestó otra vez el muchacho—. Ahora nos encontramos en órbita sobre Elcano III.

Has estado sedada cinco días —intervino Han—. El Dr. McCoy te ha salvado la vida.

—¡Huuoooorggt! —aulló Cheewbacca.

—Lo último que recuerdo… es la máscara de Vader —dijo la princesa confusa—. Gracias por traerme de vuelta, doctor.


—No hay de qué, únicamente he hecho mi trabajo —contestó el de Georgia con modestia—. En un par de días podrá volver a ejercer de embajadora para su causa, todavía no está repuesta del todo.

—Un equipo técnico está averiguando cómo calibrar el ingenio alienígena para nuestro viaje de vuelta. Tiene pasaje para venir con nosotros —añadió Kirk jovial.

—¿Y la estatua?... ¿No se trataba de una falsificación?

—Encontramos la auténtica, estaba en posesión del emperador, por eso quería entrevistarse con nosotros. Ahora está en nuestro poder.

La princesa abrió los ojos de par en par.

—Entonces… el emperador conoce la existencia de todo esto —afirmó conturbada.

—Sabía para qué servía la estatua, pero desconoce el paradero de la máquina, y esperemos que nunca lo averigüe, por el bien de todos. La falsificación del museo era un señuelo para conseguir información.

—¿Y cómo lograron hacerse con la auténtica?

—Spock se lo aclarará —dijo el de Iowa.

—En el estado en el que se encontraba, no podíamos trasladarla —explicó el vulcaniano—. Así que decidimos utilizar el transportador. Para ello tuvimos que inutilizar el escudo deflector del Centro Imperial. Una vez estuvimos seguros en el Enterprise, sólo tuvimos que introducir las coordenadas de la estatua. Había calculado mentalmente la posición relativa de la misma con respecto a los aposentos del emperador y el Palacio Imperial. Con esa información, los esquemas del Centro Imperial que R2 había memorizado, y el escudo protector inoperativo, únicamente había que transportarla a bordo, al igual que el cuadro para el Sr. Morgerca.

—Ja, ja, ja —rió malicioso Han—. Piensa en la cara que puso su majestad imperial cuando vio que su preciada estatua había desaparecido como por arte de magia.

Leia arqueó los labios divertida.

—Al final todo ha salido bien —dijo mientras se incorporaba un poco sobre la camilla—. Me gustaría saber cómo hicieron para colarse en el Centro Imperial.

—Urdimos un plan infalible —respondió el corelliano, tratando de hacerse el interesante—. Empezaremos por el principio…

La historia del accidentado rescate fue relatada con todo lujo de detalles por los presentes implicados, desde la captura de la lanzadera, hasta que recogieron a Sulu en el sistema Uridae, deshaciéndose de la nave imperial.

—¿Y qué hicieron con la tripulación original de la lanzadera? —preguntó la princesa cuando hubieron acabado.

Scott sonrió de oreja a oreja antes de contestar.

—Los transportamos a la superficie de Coruscant, alteza. Imagínese su sorpresa cuando se despertaron en paños menores en mitad de un sector industrial. Puede que todavía sigan allí.

Todos rieron.


—Adelante —dijo Spock, abandonando sus ejercicios de meditación. La puerta de su camarote se abrió, y por ella entró Luke Skywalker—. Hola, ¿qué le trae por aquí? —saludó al muchacho con cordialidad.

—Quería hablar con usted. Me siento confuso. Algo en mi interior me dijo que podría aconsejarme.

El primer oficial del Enterprise invitó al joven a que se sentara en una silla, acto seguido, le acompañó.

—Desde que abandonamos Coruscant le he notado taciturno. Algo le preocupa, y deduzco que tiene que ver con su confrontación con Vader.

—Es muy observador, Spock. Prométame que nada de lo que le voy a comentar aquí va a salir de estas paredes.

—Tiene mi palabra de vulcaniano, Luke —contestó Spock, entrelazando los dedos de las manos mientras se arrellanaba en su asiento—. ¿Qué le pasa?

—Es Vader… creo que he descubierto algo terrible —titubeó el muchacho—. Mientras me tenía allí, agarrado por el cuello, sentí cómo sondeaba mi mente… trataba de sonsacarme información. Durante el proceso, llegué a atisbar parte de su conciencia… Mi padre…

—¿Vio cómo asesinó a su padre? —preguntó Spock, al ver que el joven rebelde no continuaba.

Luke resopló, miró hacia el suelo, y siguió en silencio. Tras unos segundos, tragó saliva y, sin alzar la vista, respondió en un susurro.

—Ojalá fuera eso… ojalá lo fuera…

—¿Y qué es lo que vio?

—Mi padre… Vader… Vader no asesinó a mi padre —balbuceó.

—¿Y quién lo hizo?


—Nadie, Spock… nadie. Mi padre está vivo —Luke irguió la cabeza y miró fijamente al oficial vulcaniano—… Darth Vader es mi padre.

—¿Su padre? ¿Está seguro?

—No lo sé… sé que él así lo piensa. Por eso soltó su presa del cuello. Algo se revolvió en sus entrañas.

—Quizá trate de confundirlo.

—No, él también se encontraba confundido —el joven suspiró, agachando la cabeza de nuevo—. Ben, ¿por qué no me dijiste la verdad?

—Seguramente intentaba protegerlo —le sugirió Spock.

—Sí… de mí mismo. Soy el hijo de un monstruo, temía que me convirtiera en un digno heredero de él —Luke giró la cara hacia un lado, evitando, aún más si cabe, la mirada del vulcaniano—. ¿Con qué valor voy a presentarme ahora ante los ojos de mis amigos? Si se llegasen a enterar de quién soy en realidad… no quiero ni pensarlo. Nunca tendría que haber salido de Tatooine.

—Subestima a sus amigos, y también se subestima a sí mismo. Luke, míreme —el joven de cabellos rubios le obedeció, tenía los ojos humedecidos—. Un hijo no debe pagar por los pecados de su padre. Usted es un hombre bueno. Nuestras mentes se han unido, sé de lo que hablo. No vi nada en su interior que me indujera a pensar que pudiera llegar a cometer actos como los que ha perpetrado Vader. No está en su naturaleza. Lo que Ben Kenobi trató de conseguir ocultándole la verdad, fue evitar que Vader diera con usted, sólo eso. No dude de su valía como persona, nunca se convertirá en ningún monstruo. En cuanto a sus amigos, ellos todavía saben mejor que yo que jamás les traicionará. Confían en usted. Saben que pase lo que pase, sea quien sea, no les defraudará.

—Gracias, Spock. Ojalá tuviese su sentido común. Me gustaría poder olvidar todo esto.

—Si así lo desea.

—¿Qué insinúa?

—Si esa carga que soporta resulta tan pesada para usted, hasta el punto de hacerle dudar de su propia naturaleza, puedo ayudarle a aligerarla. Volvería a ser ese muchacho idealista que conocí en la granja de humedad de sus tíos.

Luke abrió los ojos como platos.

—¿Qué me está proponiendo? —preguntó intrigado.

—Si quiere, puedo borrar esos recuerdos que le atormentan.

—¿Puede hacer eso? ¿Lo haría por mí?

—Es uno de mis poderes, como usted los llamaría —contestó el vulcaniano—. Puedo hacerlo, si usted lo desea así, Luke.

El piloto rebelde permaneció pensativo unos segundos.

—Sí… hágalo —accedió finalmente con timidez.

Spock se levantó de su silla, se colocó tras el muchacho, y puso los dedos sobre una de sus sienes. Recordó aquella vez que utilizó la misma técnica con el capitán, Jim Kirk, su amigo. La compasión, un sentimiento humano, había vuelto a aflorar en él. Trató de no pensar en ello.

—Olvide… olvide —susurró hipnóticamente al oído de Luke.


Leia se encontraba en la sala de observación del Enterprise, estaba apoyada en la barandilla que había frente a los tres ventanales circulares, mirando pensativa el firmamento y la gran bola azulada que era Elcano III. De fondo, sonaba una suave música de piano. Las dos lunas del planeta aparecían y desaparecían a causa de la órbita que seguía la astronave terrestre. Todo era tan plácido y armonioso, era difícil imaginar que allá fuera se estuviera librando una guerra devastadora.

Su recuperación era ya total. Las heridas de su cuerpo ya habían cicatrizado, pero le quedaban las del alma. Era una mujer fuerte, pero, a veces, no podía evitar recordar todas las cosas horribles que le habían sucedido sin sentirse abatida.

Un puntito blanco salió de la superficie del planeta, agrandándose conforme iba acercándose al Enterprise. Era una de sus lanzaderas, que volvía del complejo de los alfareros. La princesa oyó que llamaban a la puerta.

—Adelante —dijo sin dejar de mirar por los ventanales.

Kirk entró en la sala, caminó hasta ella, y se colocó a su lado.

—¿Debussy? —preguntó tras escuchar unos instantes la pieza que sonaba.

—No lo sé —contestó Leia—. Elegí una música al azar. Me gusta la música de su planeta. Debe de ser un lugar maravilloso.

—Sin duda lo es, y pronto lo podrá ver con sus propios ojos. Me acaban de informar de que el aparato de los alfareros ya se puede utilizar. Los símbolos que aparecen en el templete representan a la galaxia en la que se encuentra, y los del pedestal, todas las demás. Para poner en marcha la máquina, sólo debemos tocar los adecuados. Es como realizar una antigua llamada telefónica. Las grabaciones que Chekov hizo muestran los símbolos que debemos pulsar para llegar a la nuestra, y los que hay en el templete de allá abajo, los que deberemos pulsar para volver a la suya.

—Jim, no voy a ir con ustedes —dijo la princesa, doblando la cabeza hacia el capitán.

—Pero… —balbuceó Kirk.

—Así lo he decidido —le interrumpió Leia—. Creo que es mejor que permanezca aquí, junto a los míos.

—¿Está segura? Su presencia es necesaria. Dudo mucho que la Federación acceda a sus peticiones sin que las haga en persona.

—Tengo miedo de ir y no poder volver.

—No se preocupe por ello, pasara lo que pasara, la traeríamos de vuelta.

—No se trata de eso, Jim. Tengo miedo de que, una vez allí, no desee regresar jamás —la joven rebelde suspiró—. Alejarme para siempre de esta guerra y comenzar una nueva vida en paz. La tentación es demasiado grande…

El de Iowa la observó extrañado unos segundos antes de hablar.

—Usted nunca abandonaría a los suyos. Es una mujer valiente, entregada, de honor… No podría hacerlo, lo sé.

—Ahora mismo no estoy segura.

Kirk la miró comprensivo.

—¿Es su última palabra?

—Lo es —respondió la princesa con rotundidad.

—¿Y qué me dice de sus compañeros? ¿Estarían dispuestos a ocupar su lugar?

Leia sonrió.

—¿Se imagina a Han de embajador? —dijo irónica—. No va a querer ir. ¿Chewbacca? Siempre va donde vaya él, tiene una deuda de vida, un vínculo sagrado para un wookiee. En cuanto a Luke… es un chico idealista, apasionado, que busca emociones, no relaciones diplomáticas. Tampoco accederá a ir con ustedes.

—Ya ha hablado con ellos, ¿verdad?

—Todos estamos de acuerdo.

—En ese caso, haremos lo que podamos.

—Sé que lo harán, Jim.


En el hangar del complejo de los alfareros, había llegado la hora de las despedidas. Un heterogéneo equipo, formado por seres provenientes de dos galaxias diferentes, tenía que separarse. Atrás quedaban todas las aventuras que habían vivido juntos.

—Bueno, amigos, tenemos que partir —dijo el capitán Kirk—. Todavía están a tiempo de cambiar de opinión.

—La decisión es firme —respondió Leia en nombre de los suyos.

—¿Qué piensan hacer con la estatua cuando nos hayamos marchado? —preguntó Spock.

—La esconderemos en un lugar que sólo nosotros conozcamos —contestó la princesa—. No podemos permitir que el emperador, si logra hallar este planeta, tenga acceso a toda esta tecnología.

—Conozco el sitio perfecto para hacerlo —intervino Han.

—Este lugar seguirá siendo secreto —continuó Leia—. Cuando la paz retorne a esta galaxia, quizá hagamos pública su existencia.

—Una actitud muy sensata, alteza —dijo el vulcaniano.

—Odio las despedidas —refunfuñó McCoy.

—¡Hrooooooogrh! —gimió Chewbacca, en solidaridad con el doctor.

Kirk cogió su comunicador y se puso en contacto con el Enterprise.

—Sr. Scott, aquí Kirk. Ya sabe lo que tiene que hacer.

—¿Está seguro? —contestó la voz del oficial escocés.

—Nunca lo he estado más.

—De acuerdo.

Un objeto comenzó a materializarse en la sala. Al estar el complejo emergido, el campo de fuerza se había desconectado, y era posible el teletransporte. En unos segundos, el proceso se hubo completado.
—¿El generador de hipervelocidad? ¿No lo quieren? —preguntó Leia al ver lo que era.
—Es lo justo —respondió el capitán—. Si nosotros no pudiésemos compartir nuestra tecnología con ustedes, seríamos unos hipócritas si aceptáramos sin contrapartidas la suya.
—Llévenselo, como muestra de buena voluntad —insistió la princesa.
—Gracias, pero no podemos hacerlo. No ahora.
—Además, somos exploradores. ¿Por qué querríamos tener tanta prisa en cruzar nuestra galaxia? Nos quedaríamos sin trabajo enseguida —bromeó McCoy.

—Está bien, como ustedes quieran. ¿Volveremos a vernos?

—Eso espero, Leia. Eso deseo —dijo Kirk.

El transportador espacio-dimensional está programado para llevarnos a nuestra galaxia —intervino Spock—. Cuando estemos a bordo del Enterprise, les avisaremos. Sólo tienen que pulsar el símbolo de encendido.

—Sabemos lo que hemos de hacer —asintió Han—. Relájese y sonría, Sr. Spock.

Luke se acercó al oficial vulcaniano.

—Como dicen en su planeta: Larga vida y prosperidad —se despidió el muchacho, mostrando la palma de su mano con los dedos corazón y anular formando una uve.

—Que la Fuerza le acompañe —respondió Spock, haciendo el mismo gesto.

Una sucesión de apretones de manos, cordiales besos principescos, y efusivos abrazos de wookiee, precedió al embarque de los tripulantes del Enterprise en el Galileo II.

—¡Bruuu-bit-dit-pit! —silbó R2.

3PO apoyó su mano sobre la semiesférica cabeza del pequeño robot.

—Sí, R2, sí —dijo el dorado androide—, yo también los echaré de menos.

La lanzadera despegó del hangar, se internó en un cobrizo cielo crepuscular y, finalmente, desapareció entre unos áureos cúmulos en la lontananza.


Aunque en el exterior el sol ya se había puesto, la gran sala de la cúpula estaba inundada de luz. Las vidrieras seguían brillando con la misma intensidad que durante el día. En el templete central, una pantalla holográfica mostraba el Enterprise.

—Es su última oportunidad —dijo la voz de Kirk por el comunicador—. ¿Vienen o se quedan?

—Lárguese ya, tunante —contestó Han burlón.

—Hasta la vista, amigos —se despidió el de Iowa—. Que la Fuerza les acompañe. Pueden proceder.

—Que la Fuerza les acompañe— le correspondió el corelliano en nombre de todos—. Suerte… «La van a necesitar», pensó.


Han apretó un símbolo rodeado por un círculo en el pedestal de la estatua, y la pareja de alfareros comenzó a girar. En la pantalla holográfica, vieron como, poco a poco, se formaba un torbellino frente a la astronave terrestre. El fenómeno cósmico creció y creció, hasta ocupar toda la pantalla. Fue entonces cuando el Enterprise fue engullido por él. La voraz boca negra del remolino se fue estrechando y, cuando se hubo cerrado del todo, se desvaneció entre rayos anaranjados de energía iónica.

Leia miró hacia sus compañeros tras el espectáculo, Han tenía una expresión de asombro.

—Nunca te creíste su historia, ¿verdad? —le dijo al antiguo contrabandista.

—Hasta que no veo una cosa, no me la creo, hermana —respondió el corelliano—. Espero que hayan llegado sanos y salvos a su galaxia de origen.

—Lo han hecho —sentenció Luke.

—Amo Luke, esta ha sido la aventura más extraordinaria que hemos tenido —intervino 3PO—: civilizaciones alienígenas perdidas, mundos más allá de esta galaxia y esta dimensión, teletransportadores, reinos subacuáticos… demasiadas sorpresas para este androide de protocolo. Tengo ganas de llegar a la base y tomar un buen baño de aceite lubricante.

—Mucho me temo que eso va a tener que esperar, lingote de oro —dijo Han—. Antes debemos esconder la estatua, entregarle a Rel´c Morgerca ese bonito cuadro que tenemos en el Halcón, y devolverle el dispositivo de camuflaje a Arak Malson en Ord Mantell.

—¿Ord Mantell?

—Sí, y espero que esta vez no nos topemos con inoportunos cazarrecompensas.

—¡¿Cazarrecompensas?! —exclamó el androide pusilánime.

—Todo saldrá bien, 3PO —le animó Luke—. Ahora, manos a la obra. Tenemos que recoger todo esto antes de partir.

—¡Grrruuuuuuoog! —aulló voluntarioso Chewbacca.


Un remolino de energía iónica apareció en mitad del espacio. Giró y creció hasta ser lo suficientemente grande para que por su ojo cupiera una nave estelar, y, en ese momento, fue precisamente una la que emergió de sus entrañas: el U.S.S. Enterprise.

—Sr. Spock, informe de la situación —preguntó el capitán de la astronave.

—Todos los sistemas funcionan, aunque las interferencias que provoca el torbellino impiden que algunos instrumentos puedan tomar lecturas claras del exterior, por ejemplo la de nuestra posición —respondió su primer oficial.

—Vista posterior en pantalla.

—Sí, señor —contestó el navegante.

El fenómeno cósmico ocupó toda la pantalla principal del puente de mando: un inmenso agujero negro rodeado de un anillo de chisporroteante energía que giraba en sentido contrario al de las agujas del reloj. El agujero fue haciéndose cada vez más pequeño, como si se estuviera estrechando un descomunal diafragma fotográfico, hasta que desapareció por completo.

—Sr. Sulu, ¿ya puede determinar nuestra posición? —preguntó Kirk con el corazón en un puño.

El timonel del Enterprise pulsó unos botones, y no tardó en contestar, con una sonrisa en los labios.

—Estamos en casa, capitán.

—No es una respuesta muy precisa, teniente. Pero, dadas las circunstancias, es la que todos deseábamos escuchar —dijo el de Iowa, suspirando aliviado ante el regocijo de todo el puente—. Situación exacta.

—Sistema Carraya, cerca de la zona neutral romulana.

—Bien, ponga rumbo hacia el planeta del transportador espacio-dimensional, factor siete.

—Sí, señor.

—Teniente Uhura, contacte con la Flota Estelar.


Un grupo de desembarco de cinco personas se materializó en la sala principal del complejo de los alfareros.

—¡La estatua no está! —se apresuró a informar Chekov a voz en grito, echando una fugaz mirada al templete central.

—Los romulanos deben de habérsela llevado —dijo Kirk—. Era previsible, por eso no hay aves de guerra rondando por la zona.

—Nuestras naves de refuerzo llegarán en menos de dos horas —intervino Scott—. Aunque los romulanos tengan la estatua y conozcan este lugar y su función, ya no podrán utilizarlo más.

—Lo sé, pero no sabemos el uso que pueden haber hecho de este sitio hasta ahora. Quién sabe a dónde han podido viajar, y con quién han podido encontrarse.

Spock se encaminó al templete, lo examinó en silencio unos momentos, y lanzó una hipótesis al aire.

—Quizá no hayan sido los romulanos quienes se hayan llevado la estatua.

—¿Se refiere a los alfareros? —se aventuró sugerir McCoy.

—Los alfareros ya no existen, doctor.

—Pero usted dijo que, muy probablemente, fueron ellos los que nos metieron en todo este lío.

—Es cierto, lo dije, pero fue antes de conocer todos los datos de los que disponemos ahora. Estaba equivocado.

—¿Estaba equivocado? Habrá que descorchar una botella de champagne, Spock —bromeó el doctor.

—Si no fueron los alfareros… ¿Quiénes fueron? —preguntó el capitán.

—Nosotros, nos la llevamos nosotros —afirmó el vulcaniano con rotundidad.

—Ja, ja, ja —rió Scott—. Yo no recuerdo haberlo hecho.

—No lo recuerda porque todavía no lo hemos hecho.

—No entiendo nada —dijo McCoy confundido.

—Es muy sencillo, doctor. Sólo hemos de analizar los hechos desde una perspectiva diferente.

—Explíquese —le ordenó Kirk.


—Nosotros nos enfrentamos a los romulanos, por eso detectamos el rastro de una nave de Clase Constitución: el Enterprise. Nosotros programamos la máquina de los alfareros para que nos llevara al lugar del que acabamos de regresar. Y nosotros dejamos la baliza con la información sobre el sistema al que debíamos viajar para lograr retornar a nuestra galaxia.

—¿Está proponiendo que viajemos en el tiempo, nos enfrentemos a los romulanos, y programemos este ingenio para enviarnos a nosotros mismos a la galaxia de la que acabamos de volver? —insinuó el capitán con perspicacia.

—Con las instrucciones necesarias para llegar al punto en el que nos encontramos ahora, y recogiendo la estatua después de que nuestro gemelo del pasado haya partido —apostilló el vulcaniano.

—No podemos emprender un viaje en el tiempo sin los debidos permisos, nos formarían un consejo —advirtió Scott.

—Estamos hablando de algo que ya ha ocurrido. No vamos a cambiar nuestro presente cambiando el pasado en nuestro beneficio. Sólo vamos a hacer que acontezcan las cosas como sabemos que ya han acontecido —argumentó Spock.

—Su lógica es impecable —dijo Kirk.

—Gracias, capitán.

—Enviaremos un mensaje a la Flota Estelar informando de nuestras intenciones —prosiguió el de Iowa—. Saldremos de inmediato, cuando Spock haya hecho los cálculos necesarios.


Un ave de guerra romulana orbitaba el planeta recién bautizado como Douron, en honor de un antiguo pretor. El capitán Ral Val sólo sabía que le habían ordenado adentrarse en territorio de la Federación, no entendía por qué el Ministerio Romulano de Ciencias había puesto tanto empeño en controlar ese planeta deshabitado en zona enemiga. Pero era un soldado, no tenía que plantearse el porqué de su misión, únicamente obedecer a sus superiores.

Además de su tripulación habitual, la nave de Ral Val, el Daedolus, había transportado hasta allí a cuatro pasajeros distinguidos: el Dr. Vusalk, eminente arqueólogo; el Dr. Alishan, astrofísico de renombre; el Prof. Matak, destacado ingeniero experimental; y el senador T´Lark, un ambicioso político, el más importante de todos. Algo enorme se traían entre manos, y le habían prometido grandes honores si la misión tenía éxito. A cambio, únicamente le solicitaron que no les pidiera ninguna explicación, además de una total discreción por parte de él y su tripulación.

—¿Qué estarán haciendo allá abajo? —le preguntó su primer oficial.

—Sólo ellos lo saben, centurión —le respondió el capitán—. Todo lo llevan con mucho secretismo. No han querido que bajara nadie de la tripulación, sólo ellos cuatro y uno de los guardias personales del senador.

—Demasiado secretismo, ni siquiera nos dejan curiosear con nuestros sensores. Y luego está esa estatua que traían…

—Siga las órdenes —replicó con autoridad Ral Val—. No sea entrometido. El senador T´Lark es un hombre muy influyente, seremos recompensados si mantenemos la boca cerrada.

—Capitán, una nave acaba de salir de detrás del sol —informó de repente uno de los tripulantes—. Se trata de una nave de la Federación, Clase Constitución.

Ral Val, sin mostrar signo de sorpresa o preocupación, ordenó que apareciera en pantalla.

—Clase Constitución, sin duda —afirmó—. ¿Puede identificarla?

—Número de serie NCC-1701: U.S.S. Enterprise —contestó el tripulante con diligencia.

—James T. Kirk… ¿por qué tendría que ser él precisamente? —murmuró entre dientes el capitán—. Oficial, abra un canal con el Enterprise.

—Ya están tratando de contactar con nosotros —respondió el encargado de las comunicaciones.

—En pantalla.

Al momento, la imagen del capitán Kirk apareció en el puente de la nave romulana.

—James T. Kirk, es un honor saludar a uno de los más famosos oficiales de la Flota Estelar. Permítame presentarme: soy el capitán Ral Val, del Daedolus.

—Déjese de cumplidos, capitán Ral val —contestó Kirk con dureza—. Su nave se ha internado en territorio de la Federación, incumpliendo todos los tratados entre su gobierno y el nuestro. Le exijo que, inmediatamente, cesen sus actividades en este sistema y vuelvan al Imperio Romulano.

—Venimos en misión de paz, una misión científica. Cuando hayamos terminado nos iremos sin causar ningún problema.

—Reitero mi mensaje anterior: deben abandonar este sistema inmediatamente —insistió Kirk con firmeza.

Ral Val no tenía otra opción. Las directrices de la misión eran claras, el senador T´Lark había sido muy explícito en ello: bajo ningún concepto la Federación debía conocer lo que se proponían hacer en ese planeta.

—Me temo que no puedo acceder a sus exigencias, capitán —dijo inflexible—. Si no nos dejan realizar nuestra misión en paz, la realizaremos tras destruirles. Prepárese para la batalla —Ral Val hizo un gesto para que cortaran la comunicación—Escudos de proa a la máxima potencia, fuego a discreción —ordenó con frialdad.

Dos haces azulados salieron del ave de guerra, y rápidamente chocaron contra las pantallas del Enterprise, minimizando los rayos en la astronave terrestre. El Daedolus continuó con el ataque, pero el Enterprise lo esquivó, comenzando a disparar sus fásers contra la nave romulana.

—¡Sitúese a cola! —gritó Ral Val, agarrándose con fuerza a uno de los paneles de control, para no caer al suelo por las sacudidas producidas por los impactos—. Su popa es su punto más vulnerable. ¡Fuego!

Los rayos celestes no dieron en el blanco, perdiéndose en el vacío sideral.

—¡Maniobra con mucha rapidez, señor! —se excusó el artillero.

—Nuestra nave es más pequeña, ligera y ágil —le reprendió el capitán—. No vuelva a fallar.

Las dos astronaves empezaron una coreografía, mientras trataban de de alcanzarse y eludirse al mismo tiempo, coreografía complementada con efectos de luz mortíferos. Pese a los esfuerzos del capitán romulano, el Enterprise se adelantaba a todos sus movimientos, castigando los escudos del Daedolus sin descanso. La audacia y temeridad de Kirk era asombrosa, era como si conociera de antemano lo que iba a hacer su oponente.

—¡Lancen torpedos! —ordenó Ral Val, haciendo un gesto marcial.

Los ígneos proyectiles surcaron el espacio en busca de su esquivo objetivo, dejando una fugaz estela roja tras de sí. La astronave terrestre disparó sus fásers contra éstos, y sólo uno logró finalmente golpear una de sus pantallas deflectoras. El fuego, entonces, se volvió contra el ave de guerra, en forma de incandescentes moscones azules que volaron en dirección a ella.

—¡Maniobra evasiva! —bramó el capitán romulano.

La orden llegó tarde, y toda la nave se zarandeó a causa de los torpedos fotónicos del Enterprise. En el puente, varias consolas estallaron, llenándolo todo de humo. Las luces comenzaron a parpadear por las fluctuaciones de energía, y la pantalla principal sólo mostró a partir de ese momento una marabunta de hormigas grises.

—Informe de la situación —solicitó Ral Val entre tosidos.

—Escudos inutilizados, armas inutilizadas, brechas en las cubiertas tres y cuatro —respondió impasible el primer oficial—… daños en el motor supralumínico y el de impulso.

—¿Bajas? —preguntó el capitán, sin mostrar atisbo de preocupación o emoción.

—Informan de dos bajas y nueve heridos —contestó uno de los tripulantes.

—Hemos sido derrotados, capitán —dijo el primer oficial.

—Soy consciente de ello, centurión —respondió Ral Val sin perder el pundonor.

—Nos llega un mensaje desde la nave enemiga —informó el oficial de comunicaciones—. Solicitan hablar con usted.

—Pásemelo.

Por los altavoces del puente sonó, distorsionada por los daños en los sistemas de audio, la voz del capitán Kirk.

—Capitán Ral Val, ha perdido esta batalla, pero no por ello ha de perder su vida y la de su tripulación. Ríndanse sin condiciones y los escoltaremos hasta la zona neutral.

—Ustedes los de la Federación, siempre tan caritativos —contestó Ral Val sarcástico—. Ha luchado mejor… y ha vencido. Le felicito por ello, capitán Kirk. Su reputación le hace justicia. Pero mucho me temo que, a pesar de las nuevas circunstancias, sigo sin poder acceder a sus peticiones —el capitán romulano tecleó un código en una de las consolas, se abrió una pestaña, y un botón rojo oculto apareció tras ella—. Ha sido un honor combatir contra usted.

Una gran explosión iluminó el espacio, el Daedolus y su tripulación jamás volverían a Romulus.


El senador T´Lark trató de comunicarse con el Daedolus sin éxito.

—Algo ha pasado allá arriba —dijo de forma seca.

—La Federación debe de habernos descubierto, excelencia —sugirió su guardaespaldas.

—¿Por qué este lugar tuvo que encontrarse en territorio enemigo? —se lamentó tibiamente el Dr. Vusalk.

De repente, el comunicador del Prof. Matak comenzó a pitar. Todos sabían que no podía tratarse del Daedolus, ya que siempre se ponían en contacto directamente con el senador.

—¿Quién es? —respondió el ingeniero con tranquilidad.

—Aquí el capitán James T. Kirk, del U.S.S. Enterprise. Se encuentran en territorio de la Federación sin autorización. Sabemos cuáles son sus intenciones: conocemos quién, por qué y para qué construyó el complejo donde se encuentran. Les ruego que desistan de toda investigación que estén realizando y se entreguen a nosotros. Les garantizamos su seguridad. No cometan el error del capitán de su nave, no opten por el suicidio, no hay ningún honor en ello.

T´Lark hizo un gesto con la mano para que Matak le entregara el comunicador, cosa que el ingeniero hizo de inmediato.

—Capitán, aquí el senador T´Lark de Romulus. Si sabe de verdad aquello que dice conocer, sabrá también que no podemos aceptar su proposición.

—Por una vez, deje de lado ese absurdo código de honor romulano.

—El Imperio Romulano es lo que es gracias a ese código de honor. No insulte nuestras tradiciones. No tenemos más de que hablar.

—Como usted quiera, excelencia —se despidió educadamente el capitán terrestre.

Al poco rato, un grupo de asalto de la Federación, con sus característicos uniformes encarnados, se materializó en la sala de manera estratégica.

—¡Depongan sus armas y ríndanse! —les ordenó el líder.

T´Lark y los otros hicieron caso omiso, abriendo fuego contra los recién llegados. Uno de ellos cayó alcanzado por un disparo del guardaespaldas del senador. Pero el resto de romulanos no tenía mucha puntería, eran tres científicos y un político, carecían de formación en combate. El grupo de asalto no erró con sus fásers, y todos y cada uno de los romulanos fue abatido mortalmente. No tuvieron otra opción.

Tras la escaramuza, los terrestres comprobaron el pulso de los cinco romulanos, ninguno de ellos volvería a levantarse. El líder abrió su comunicador tras el examen.

—Enterprise, aquí O´Malley. Tenemos un herido, pero el área está despejada. Pueden iniciar el transporte.


Kirk observó los cadáveres de los cinco romulanos: eran los mismos, estaban dispuestos de la misma forma, y tenían las mismas heridas de fáser que cuando los encontraron por primera vez. No por menos esperado, dejaba de parecerle sorprendente.

—Me hubiera gustado que no hubiese terminado así —confesó con el ceño fruncido—. Resulta perturbador, como si no fuéramos dueños de nuestro propio destino. Todo ha ocurrido tal y como se suponía que tenía que ocurrir. Ojalá no hubiera sido necesario que muriera toda esta gente.

—Fueron ellos los que decidieron que acabara así, Jim —le confortó McCoy—. Ellos sellaron su destino. Hizo lo correcto.

—El Enterprise del pasado llegará en ocho horas y catorce minutos, capitán —informó Spock.

—Está bien, que programen el transportador espacio-dimensional para que se ponga en funcionamiento a la hora prevista. Les… nos espera una gran aventura —Kirk giró la cabeza en busca de alguien—. Uhura, que traigan aquí una de nuestras balizas, introdúzcale el mensaje encriptado que conocemos, sin él no volveríamos a casa. ¡Ah!, y que comience a emitir una señal de socorro de prioridad uno.

—Sí, señor.

—Al final, fuimos nosotros los que montamos todo este embrollo, los que colocamos la ratonera —comentó Scott.

—Ahora todo depende de nuestros yos del pasado. Sabemos que harán lo adecuado —añadió el doctor.

—Cuando hayan partido, volveremos por la estatua y regresaremos a nuestra época —dijo el capitán—. A partir de entonces, nuestro porvenir será de nuevo un libro en blanco.


Era la última hora de la tarde en los jardines del Cuartel General de la Flota Estelar, en San Francisco. Dos figuras caminaban lentamente por sus floridos senderos, se trataba de Kirk y Spock, embutidos en sus uniformes de gala. Una tercera persona se les unió tras echar una breve carrera.

—Jim, Spock… por fin les encuentro —dijo McCoy con la voz entrecortada—. ¿Qué tal fue la vista?

—Mal, Bones —respondió el capitán, con decepción en sus ojos—. Ninguno de los miembros de tribunal estuvo de acuerdo en prestar ayuda tecnológica a la Alianza Rebelde. Es más, a partir de ahora, el sistema donde se encuentra el transportador espacio-dimensional ha sido puesto en cuarentena. Ya sabe, orden general siete, como en Talos IV. Nuestro informe no se hará público; ningún miembro de la tripulación podrá divulgar dato alguno sobre el tema, bajo pena de prisión; y la estatua será guardada en un lugar oculto, bajo estrictas medidas de seguridad.

—Según el dictamen del tribunal —continuó Spock—: «La sola existencia de dicho ingenio supone un peligro extremo para la supervivencia de la Federación Unida de Planetas, por lo que debe permanecer en alto secreto»

—¡Malditos burócratas! —rezongó el doctor—. Sabía que ocurriría. Estar tanto tiempo tras la mesa de un despacho les ha hecho olvidar lo que significa la exploración espacial. ¡Atajo de chupatintas venidos a más!

—Si al menos nos hubieran dejado socorrer a nuestros amigos una vez, tan sólo una —añadió Kirk—. Pero ni siquiera las grabaciones de la princesa que presentamos lograron ablandar el corazón del tribunal —el capitán cerró los ojos con rabia e impotencia—. Hemos quedado en mal lugar ante nuestros amigos, después de todo lo que hicieron por nosotros. Nunca los volveremos a ver.

—No se mortifique, no es culpa suya. Estoy seguro de que, allá arriba, comprenderán por qué no hemos regresado —le consoló McCoy, aunque sentía lo mismo que su capitán y amigo.

—Eso espero —le contestó Kirk, esbozando una sonrisa melancólica.

—Hay una cosa que debo comentarles acerca de la princesa Leia y el comandante Skywalker… algo sorprendente que acabamos de descubrir en el laboratorio —dijo el doctor, cambiando de tema.

—¿Qué pasa? —se interesó el capitán.

—Archivando su historial médico en la computadora, encontramos una coincidencia genética próxima al cincuenta por ciento en las muestras que tomamos durante sus convalecencias.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Kirk, sin encontrarle el sentido a las palabras del veterano oficial.

—Capitán —intervino Spock—, una coincidencia genética entre dos individuos próxima al cincuenta por ciento, implica un parentesco de segundo grado. Sólo se da entre… hermanos. Fascinante.

—¿Hermanos? —se extrañó el de Iowa—. Nunca comentaron nada al respecto. Crecieron en mundos diferentes.

—No comentaron nada porque lo desconocían —sentenció seguro el vulcaniano—. Su parentesco ha sido mantenido en secreto por su propia seguridad.

—¿Qué insinúa? ¿Acaso sabe algo que nosotros ignoremos? —preguntó McCoy suspicaz—. ¿Qué nos oculta?

Spock dirigió su mirada hacia la Bahía de San Francisco, pensativo. El sol se ponía tras el viejo Golden Gate, resaltando la belleza de su silueta.

—Quizá fuese voluntad de esa Fuerza de la que hablaba el comandante Skywalker que viajáramos hasta tan lejos, que los conociéramos, que salváramos sus vidas… Sólo les diré esto: En el interior de esos dos jóvenes, esos dos hermanos, se encuentra la semilla que traerá la paz y la esperanza a esa galaxia. Que la Fuerza les acompañe.


El Ejecutor patrullaba el Sector Corelliano junto a otros destructores más pequeños. A bordo de la colosal astronave, su más insigne pasajero, Darth Vader, reflexionaba sobre los acontecimientos que le habían sucedido en los últimos días. Sentado en el interior de su cámara de meditación, se había despojado de su casco y máscara, dejando a la vista un rostro pálido y desfigurado. Su mente no dejaba de arrojarle dolorosos recuerdos de un hombre que ya no existía: Anakin Skywalker.

«Luke Skywalker, mi hijo. ¿Lo sabrá el emperador? Si consiguiera atraerlo hacia el lado oscuro…»

Un silbido le sacó de sus pensamientos, alguien solicitaba su atención. El reluciente casco negro y su correspondiente máscara se encajaron de nuevo en su cabeza por medio de un brazo articulado. La cámara de meditación se abrió como un huevo tras oprimir un botón, y giró ciento ochenta grados tras pulsar otro. En una gran pantalla empotrada, apareció la imagen de un veterano oficial con cabello gris y bigote.

—Almirante Ozzel, ¿a qué debo su interrupción? —preguntó Vader molesto.

Ozzel tragó saliva antes de responder.

—Lord Vader, ya hemos recibido confirmación de todas nuestras naves desplegadas por la galaxia: todas las sondas han sido lanzadas, tal y como usted ordenó.

—Excelente. Quiero que todos los datos que recibamos sean enviados directamente a esta nave. Esos rebeldes no escaparán esta vez.

—¿Centralizar toda la información aquí? No sería más eficiente distribuir la tarea entre toda la flota —discrepó el almirante.

—Quiero ser el primero en saber dónde se esconde la nueva base rebelde —insistió irritado el jedi oscuro.

—Lo comprendo, milord, pero…

—Haga lo que le he dicho, almirante. No cuestione mis órdenes —replicó Vader amenazador.

—Como deseéis… milord —accedió el oficial, más por temor que por sincero convencimiento.

«Estúpido insolente», pensó el gigante acorazado cuando Ozzel desapareció de la pantalla.

Vader tenía sus propios planes, no podía permitir que nadie conociera el paradero de los rebeldes antes que él. Su hijo estaba entre ellos. Y sólo si lograba pasarlo al lado oscuro de la Fuerza, podría lograr el objetivo final de todo lord sith: ocupar el lugar de su maestro.

Fin


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