The Spider anual01


Título: La Espada de Damocles
Autor: Luis Guillermo del Corral
Portada: Roger Bonet/ color: Roberto Cruz
Publicado en: Sep 2015


"Tras la máscara del Amo de los Hombres se halla Richard Wentworth. Ambos son una y la misma persona. Un secreto que pocos conocen. Y menos sospechan. Pero ocurre lo impensable. Una enloquecida mente criminal descubre el rostro tras la máscara. ¿Qué hará the Spider cuando descubra que sobre su cabeza pende... la Espada de Damocles?"

Su justicia  es rápida, despiadada, y absoluta. En secreto, él es el rico criminólogo Richard Wentworth, pero también es el demonio que aterroriza a los criminales que tienen la fatalidad de caer enredados en su Web de la Justicia. Él es...

Creado por Harry Steeger

 


 
 

Prólogo: Avenida Pennsylvania
 
El presidente de los estados Unidos de América, recién investido y jurado el cargo, por fin se sentaba tras el escritorio del Despacho Oval. Al otro lado le observaba el hombre que había ocupado el cargo antes que él. Ambos se miraron durante unos casi eternos instantes hasta que el ya ex presidente se aclaró la garganta.
 
  —Queda un trámite por llevar a cabo, mi victorioso colega. No le han entregado todos los secretos de estado. Queda una parte que se traspasa en persona de presidente a presidente.
 
  — ¿A qué se refiere? —El recién nombrado jefe de la nación compuso un gesto de disgusto—. ¿Se me oculta información?
 
  —Me refiero —respondió el otro hombre mirando con fijeza a su interlocutor— a la historia secreta de la nación. A aquella que tiene que ver con quienes la han defendido tras una máscara.
 >>Mujeres y hombres sin los cuales este país habría caído en manos de locos, saqueado por criminales dementes. Antes de que pregunte. No sé por qué. Pero ha sido así desde que uno de nuestros antecesores en el cargo fue salvado por uno de ellos.
 
  — ¿Pero qué utilidad tiene el saber de enmascarados que se toman la justicia por su mano?
 
  —Eso ha de decidirlo usted. A mí me sirvió para saber quién era el enemigo. ¿Recuerda lo que sucedió en La Jolla una semana antes de las votaciones?
 
  El otro asintió.
 
  —demasiado bien.
 
  —Entiendo. El archivo al cual le voy a conducir me permitió saber el origen de la amenaza y como combatirla. De lo contrario hubiera sido como el caso del Rey Vampiro, pero a una escala inimaginable.
 
  — ¿Y cando me va a mostrar esos archivos?
 
  — ¡De inmediato! Una última advertencia: Conozco su opinión sobre los vigilantes. Pero créame. Lo que aprenderá en ese archivo refuta todo aquello que ha mantenido hasta ahora.
 
  Sin una palabra, el presidente se levantó con gesto firme pero impaciente.
 
  —Cuanto antes acabemos con esto mejor. Si hace el favor...
 
  Horas después, el presidente permanecía solo en un remoto y muy acorazado subsótano, leyendo un manuscrito que databa de la tercera década del siglo veinte. El conocimiento almacenado allí era abrumador. No tanto por la mera cantidad como por aquello que revelaba sobre los oscuros rincones de la Tierra.
  Las líneas que devoraba ahora le fascinaban en especial. Del puño y letra de uno de aquellos justicieros enmascarados. Uno que fue conocido por despiadado y sanguinario. Un testimonio que desconocía como había llegado a aquel lugar. Pero que revestía un especial significado para el líder de la nación.
  Porque aquel a quien algunos habían llamado el Amo de los Hombres había salvado la vida de sus abuelos cuando aún eran unos niños. La prueba estaba en aquellas páginas y el testimonio que contenían.
(Extraído de los diarios secretos de the Spider)
  ...realidad me da igual. No busco fama aunque mis actividades hayan tenido un eco tan enorme. Hace dos días Nita me comentó acerca de un periódico francés en el cual hablaban de mi enfrentamiento contra el faraón viviente. Por supuesto, me tachaban en aquellas páginas de despiadado criminal e indeseable, ignorantes de mi auténtica naturaleza.
  Me da igual en el fondo. Aunque en ocasiones tal desconocimiento me desespera. Pero alguien tiene que hacerlo. El inframundo criminal no puede quedar impune. Mejor dicho. No debe prosperar a costa de débiles, inocentes e indefensos.
  No busco la fama. Tampoco inspirar a nadie para que haga lo mismo que the Spider hace. Estos diarios tan solo pretenden dar testimonio a las generaciones futuras. Avisarles de que la guardia ha de ser constante y eterna contra aquellos actuando en contra de la gente honrada.
 
  (Extraído de los diarios secretos de the Spider. Marcado como «Pirata y Caballero»)
  Este caso empezó de una manera inquietante. Aún hoy, continuo sin saber si aquella llamada fue una de alguno de los enemigos a los cuales me enfrenté en aquella ocasión o no. Quizás como dice Nita, ambos mintieran y aquella llamada fuera un intento burdo y desesperado de acabar conmigo.
  Pero me estoy adelantando a mi propia historia. Aquel caso comenzó un tranquilo atardecer de verano. Nada hacía pensar que en apenas unos minutos toda mi dicha y felicidad se iban a esfumar como una cerilla en medio de un huracán de sangre y maldad.
 
 
 
 
 
 
1— ¡Chantaje Al Ocaso!
 
 
  El sol poniente se sumergía tras el horizonte alargando las sombras de los colosos de hormigón y acero que daban gran parte de su fama a Nueva York. En sus calles, coches, autobuses y peatones se dirigían a donde quiera que les condujera su rutina cotidiana.
  La brisa, cálida y suave, invitaba a relajarse. La corriente meció una vez más las cortinas del piso en el cual vivía Richard Wentworth, quien en secreto libraba una guerra de un solo hombre contra el inframundo criminal como the Spider. Odiado por los criminales, perseguido por la policía, dispensaba su rápida e implacable justicia.
  Aquel atardecer disfrutaba de uno de los escasos momentos de paz en su interminable batalla. Los ojos cerrados, tocaba una lenta melodía en su Stradivarius para la mujer que permanecía tendida en el sofá. Nita Van Sloan. Su prometida y más fiel aliada en su defensa de los inocentes e incapaces de defenderse.
  Aquella paz fe rota en mil pedazos por el ametrallador estruendo del teléfono. Disgustado, Wentworth dejó a un lado el instrumento musical.
 
—Disculpa querida.
 
  Por toda respuesta, Nita sonrió.
 
  En el umbral de la habitación apareció Jenkins, su mayordomo. Se inclinó con una reverencia.
 
  —Amo Wentworth, preguntan por usted. Un caballero que no ha tenido la educación de identificarse solicita hablar con usted. Dice tener información que le es de interés.
 
  — ¿Algún periodista que quiere entrevistarme sobre el atraco al banco del cual tengo acciones?
 
  —Lo desconozco. Ha amenazado con «muy graves consecuencias» si no es atendido de inmediato.
 
  —Bien —replicó con un suspiro—. Veamos que desea tan impertinente individuo. Enseguida regreso querida.
 
  —Aquí estaré Dick. No tardes.
 
  Una vez en su despacho, Wentworth asió el teléfono con aprensión. A lo largo de los años de su solitaria guerra contra el crimen, su ente se había agudizado al extremo. Como una telaraña mental, recogía las vibraciones de hechos que los sentidos no percibían. Avisando, previniendo de aquello inadvertible de modo normal.
  Aquel intuitivo sentido le avisaba. Ocurría algo. Una amenaza se cernía. ¡Y no sabía que era!
 
  —Richard Wentworth al aparato.
 
  La voz que respondió era masculina, firme. Pronunciaba sus palabras con un acento que no podía identificar y un cierto alivio teñido de contenida y triunfante amenaza.
 
  —Ya era hora. Preste atención. No voy a repetir mis palabras. Sé que usted y the Spider son la misma persona. Si no hace lo que le digo, las principales bandas de su ciudad lo sabrán de inmediato.
 >>No pretendo que me crea sin pruebas, descuide. Mañana por la mañana recibirá una copia de las mismas junto con una sencilla tarea que ha de cumplir. De lo contrario...
 
  No acabó la frase. El chantajista colgó sin esperar la respuesta de Wentworth. Este se quedó paralizado unos instantes por la violenta sorpresa. Ahogó un juramento antes de exclamarlo apenas se dio cuenta de que ya no había nadie al otro lado de la línea que pudiera escucharlo.
 
  La cicatriz en su sien destacó como una llama blanca. ¿Quién podía ser aquella diabólica mente que le había atacado en su propio hogar? No era la primera vez que descubrían al hombre tras la máscara de the Spider. Pero en aquella ocasión era diferente a cualquier otra.
  No empleaban esa información para atacarle de forma directa. Pretendía forzarle a hacer su voluntad. ¿Pero qué? ¿Algo que solo el Amo de los Hombres podía hacer? ¿Un modo de quien fuera no se manchase las manos? ¿Cuál era el plan de aquella mente criminal?
  El no saber le causaba una sensación de negra, profunda impotencia. No podía hacer nada porque nada sabía. Apretó los dientes con rabia.
 
  — ¿Dick? ¿Qué ocurre? —Nita se hallaba en el umbral del despacho. Observaba preocupada al hombre ante él. Reconocía los signos que indicaban uno de sus más rabiosos y negros estados de ánimo.
 
  —No lo sé, Nita, querida. No tengo ni la más remota idea.
 
  Instantes después, el violín chillaba amargas y violentas. Lloraba una lúgubre melodía, reflejando el tormentoso estado del espíritu de Wentworth. A petición suya, Nita accedió a pasar la noche a su lado. Temía que este nuevo enemigo quisiera forzarle también a través de aquellos a su alrededor...
  Hasta que llegara la mañana, solo podía esperar.




2—Cargamento De Cadáveres




  Tal y como el anónimo chantajista había prometido, apenas amaneció una llamada a su puerta le hizo entrega de un paquete. Quien lo entregaba era el portero. Cuando un alterado Wentworth le interrogó acerca de quién había llevado aquel envío sin remitente, respondió con su habitual flema.
 
—No lo conocía, pero llevaba uniforme de cartero. Dijo que iba retrasado y se marchó tan pronto puso el paquete en mis manos.
 
  —Gracias señor Cumberland.
 
  Nita, Jackson y Ram Singh permanecían expectantes a su alrededor. Abierto el envío, resultó un conjunto de fotos, documentos oficiales e incluso un rollo de película en la que una nota aseguraba se veía a Wentworth adoptando el aspecto de the Spider. Un examen superficial reveló la solidez del chantaje. Haciendo caso omiso de la consternación de sus aliados, leyó la carta escrita a máquina.
  Daba muy precisas instrucciones de como infiltrarse en un lugar muy concreto a una muy determinada hora. Era una trampa, no le cabía la menor duda de ello. Pero si lo que decía era cierto (y no lo dudaba ni por un segundo), se podía evitar la muerte de personas inocentes.
  Por un momento pensó en dejar a quienes les rodeaban al margen. No tenían por qué sufrir el mismo destino que él. Pero una fugaz mirada le reveló preocupación en sus rostros, sí. Y también determinación. No debía dudar de ellos. No ahora.
 
  — ¡Esta bien! No es la primera vez que nos enfrentamos a una amenaza así. Esto es lo que haremos... —Con frases breves y concisas dispuso lo que cada uno había de hacer. No quedaba más remedio que ceder al chantaje. No tenían garantías de que el otro fuera a cumplir su palabra.
 
  De hecho, no lo esperaba.
 
  —Eso es todo. —El decidido criminólogo miró su reloj. Tenía el tiempo justo para actuar—. Recordad, solo cederemos esta vez. A la siguiente y si ocurre lo peor... Sabéis que hacer. No os deseo buena suerte porque sé de qué sois capaces. ¡Adelante!
 
  Aquel muelle a la orilla del Hudson era empleado en exclusiva para carga y descarga de embarcaciones de pequeño tamaño. No tan grandes como un carguero común, pero aun así de un tamaño considerable. El muelle en el que aguardaba estaba lleno de estibadores que iban y venían de los almacenes a los muelles y viceversa.
  Wentworth, camuflado como uno más, miró inquieto a su alrededor. Parecía haber un inusual número de desocupados en el lugar. Se encogió de hombros y aseguró de que su disfraz era el adecuado una vez más. Ropas gastadas, aspecto sucio y embrutecido... No había podido ocultar sus pistolas, así que llevaba un feo cuchillo como el de muchos de los que por allí pululaban.
  Tan solo esperaba que todos fueran capaces de hacer su parte. Sobre todo Ram Singh y Jackson. Aulló la sirena que señalaba un cambio de turno en una fábrica cercana. Aquella era la señal indicada por el chantajista. Se dirigió al capataz que supervisaba la descarga de una fea embarcación con bandera española.
 
  — ¡Eh! ¿Dónde vas? No te conozco, ¿de dónde has salido, estúpido?
 
  —Me envía Damocles. —Wentworth tosió, adoptando una voz forzada y rota, como si tuviera la garganta quemada por el mal alcohol y peor tabaco.
 
  —Vaya, eso es... —El capataz sin éxito, trataba de ocultar su miedo tras una fachada de autoritaria arrogancia—. No te ofendas amigo. Dame una prueba de lo que dices. Ahora.
 
  Sin añadir una palabra, su interlocutor tendió una tarjeta de visita hallada en el paquete que recibiera. Apenas posó la vista sobre aquella pieza de cartulina, el capataz silbó por lo bajo con tono asombrado.
 
  —Todo en orden. No te ofendas, pero espero no volverte a ver jamás, amigo.
 
  Las instrucciones del chantaje no mentían. El interior de aquella embarcación era tal y como las instrucciones recibidas habían dicho. The Spider se deslizó preguntándose porque el tal Damocles quería que robase parte de la carga para él. Se prometió que aunque le costara la vida, acabaría con esa amenaza. Y eso pasaba por averiguar la naturaleza de lo que le forzaba a robar mediante aquella ruin artimaña que era el chantaje,
  Tenía que encontrarse con el capitán del barco en un cuartucho cerca de la bodega. Supo que algo iba mal cuando a punto de traspasar el umbral indicado, vio la puerta entreabierta y escuchó voces.
 
  —Ismael, ¿seguro que la capitana sabe lo que hace? El Doctor no es alguien a quien quiera como enemigo. —Aquella voz sonaba rota por el alcohol, como una rata temerosa.
 
  — ¡Seguro! Usaremos sus mismos métodos contra él. O nos concede la libertad o volverá contra él su preciosa carga.
 
  The Spider frunció el ceño. Muchas veces había oído ya ese calmado tono, lleno de deforme, terrible seguridad. La voz de un fanático.
 
  —Yo lo que he oído es muy diferente —se quejó la voz de rata—. La capitana quiere «eso» que se está llevando de la bode... ¡EH!
 
  Había oído más que suficiente. El Amo de los Hombres entró como una tromba en aquel espacio con el cuchillo por delante. Ante sí vio a dos hombres más sorprendidos que asustados hombres, vestidos como marineros de una película de Douglas Fairbanks. La sorpresa le concedió la primera sangre.
  El filo cortó el rostro de uno y mordió el hombro del más alto. Sin parar, acometió apuntando al cuello del que tenía más cerca. El acero erró el golpe cuando el de menor estatura se echó sobre él.
 
  — ¡Mi ojo! ¡Hijo de puta! ¡Me ha dejado tuerto! ¡Mátalo Ismael! —El lado izquierdo de su rostro era una cortina de sangre que manchaba su ropa mientras trataba de contener la hemorragia.
 
  El llamado Ismael lanzó una patada contra la rodilla de su atacante. Con un gruñido, the Spider retrocedió, chocando contra el marco de la puerta. El rufián sacó un cuchillo buscando el cuello de su rival.
  El espacio era demasiado pequeño. Poco más que un armario grande empequeñecido por los tres hombres tratando de matarse. Era difícil dirigir de manera correcta los golpes. El justiciero se agachó esquivando la acometida al tiempo que lanzaba su propia arma hacia delante. El impulso del ataque clavó el acero hasta la empuñadura.
  De inmediato lo soltó echándose sobre el que aún permanecía vivo y malherido, dándole un puñetazo en el arruinado rostro.
 
  — ¿Dónde está el capitán, canalla?
 
  El otro se rio con carcajadas histéricas, dirigiendo su mutilada visión al reciente cadáver.
 
  — ¡Lo acabas de matar, amigo!
 
  — ¿Quién es la Capitana? ¿Qué es lo que quiere robar? ¿Qué relación tenéis con Damocles?
 
  La mención de aquel nombre galvanizó al malherido. Con un chillido de pánico empujó al que tenía enfrente, llevando las manos al cuchillo que tenía en su cinturón. The Spider, desarmado, retrocedió.
 
  —Prefiero morir libre antes que enfrentarme a él. —Sin más palabras el rufián apoyó el filo contra su cuello y se degolló. Su rostro quedó congelado en un gesto de patética victoria.
 
  El implacable azote del inframundo recuperó su propio filo y marcó al que él mismo había matado. No llego levantarse. Sintió el frio de un cañón contra su cabeza. Escuchó como un percutor era amartillado.
 
 
—Me vas a decir que ha pasado aquí antes de que te lastre la cabeza.



3—Doctor Damocles


  — ¡Quieto! Empieza a hablar o te envío junto al diab... ¡no! ¡No puede ser!

  The Spider sintió como el arma temblaba y se separaba de su cráneo. Contuvo un suspiro de alivio. El peligro aún no había pasado y tenía la certeza de que se le acababa el tiempo. Sin esperar permiso, se levantó y dio la vuelta encarando a quien le había encañonado. Era más digno morir erguido mirando a la cara del verdugo.
  Era un hombre de piel oscurecida y curtida por el viento, el sol y el salitre. Su acento parecía de alguna zona del Caribe y su mirada desorbitada se clavaba en la roja araña impresa en la piel de uno de los muertos.

  —Sí, es mi marca.

 —Lo... lo siento. ¡Se lo ruego, no me mate! Yo solo soy el cocinero, ¿sabe? Venía a preguntar al capitán que quería comer hoy y... ¡Por favor!
  El justiciero se permitió una muy leve sonrisa que el aterrado hombre tomó por un gesto de inminente amenaza. Se relamió los resecos labios como si aquel gesto pudiera aliviar la tensión.

  — ¡Hare lo que sea! ¡Pero no me mate, se lo suplico!

  — ¿Quién es la Capitana y porque quiere hacerse con lo que hay en la bodega?

  — ¿Va tras ella? Muerta, está muerta. Lo único que sé es que...

 ¡Un disparo atronó el espacio! El hombre cayó fulminado, el lado derecho de su cuerpo destrozado cuando varios disparos hicieron brotar sangrientos cráteres en su carne.

  The Spider apretó los dientes y se refugió en el cuartucho. Las balas continuaron cruzando el aire, abriendo pozos de muerte en el recién asesinado cadáver. El asalto fue tan violento como breve. La quietud tras los balazos era aún más ensordecedora que el rugido de las pistolas.
  Arriesgándose a ser abatido el mismo, the Spider salió recogiendo el revólver del muerto. Solo tenía tres balas. Si se veía en problemas tendría que hacer que cada disparo diera de lleno en el blanco. Errar el tiro no era una opción.
  Encaminó sus pasos hacia la bodega, esperando sentir la abrasadora punzada del plomo. Cuando llegó a la parte baja de la muy empinada escalera tardó unos segundos en distinguir lo que había a su alrededor. La única fuente de luz provenía del hueco que atravesaba la cubierta, usado para cargar y descargar por las grúas del puerto.
  En contra de lo que el chantajista había asegurado, la bodega de aquel barco estaba vacía por completo. Aquello que se suponía tenía que conseguir había desaparecido. O quizá nunca había estado allí y todo aquello no era más que una macabra prueba. Pero no. Algo le decía al amo de los hombres que aquel caso no había terminado.
  Apenas abandonó los muelles se dirigió a la entrada de una estación de metro próxima. A un lado había un quiosco de prensa y revistas. El quiosquero era Jackson, que dio muestras de reconocerle cuando se acercó y cogió un periódico cualquiera. Mientras pagaba dijo:
 
  —Que tenga un buen día y buenas noticias, caballero. —Aquello era parte de la clave acordada. Significaba que Ram Singh había preparado el piso seguro sin problemas.
 
  Manteniendo la mascarada ojeó el periódico mientras caminaba por la calle.  En el margen de una de las páginas interiores, Jackson había garabateado un mensaje. «Nos siguieron. Dispusimos de ellos antes de llegar a destino»
 
  Plegó el periódico y buscó una droguería por aquellas calles. Su habitual alerta, ofuscada por la agobiante amenaza sobre sui continua guerra contra el crimen, no percibió una figura que le seguía como una segunda sombra.
  Wentworth al final encontró lo que buscaba. Entró en la cabina del local y marcó el número de la comisaria. Por fortuna, la telefonista reconoció su voz de inmediato. Stanley Kirkpatrick respondió al otro lado de la línea.
 
  — ¿Dónde te has metido, Richard? ¡Necesito hablar contigo de inmediato! —El comisario parecía preocupado de verdad. Sin darle tiempo a hablar le expuso un caso que tenía que ver con...
 
  — ¿Piratas? Stanley, estoy investigando un caso que puede estar relacionado. Unas muertes en los muelles del Hudson. Si descubro algo te lo haré saber de inmediato., descuida. —Colgó el teléfono. Aún tenía que ponerse en contacto con Nita, pero eso era demasiado grave como para tratarlo a través de la línea telefónica.
 
Apenas abandonó la droguería, se topó con una figura que le cerraba el paso. De porte elegante y siniestro, le pareció un reflejo malvado de la identidad que él empleaba para combatir el crimen.
  Tan alto como él, algo más nacho de hombros, vestía de negro de pies a cabeza sin una nota de color. Su mirada quedaba ensombrecida por el ala de su sombrero y su cuerpo arropado por una capa más pensada para otorgar elegancia que abrigar al portador.
  —Muy buenos días, Herr Spider —Inclinó la cabeza. Su inglés era impecable pero no lograba ocultar un muy presente acento germánico—. Soy el Doctor Damocles. Usted ha fracasado en la tarea que le ordené llevar a cabo.
 
  Wentworth se quedó paralizado por la sorpresa. Ante él se hallaba el responsable de sus tribulaciones. Tan solo tenía que sacar el cuchillo y rajarle allí mismo. ¡No! No en un lugar con tantos testigos. Abatido, reconoció que sería peor el remedio que la enfermedad.
 
  —Seguí sus instrucciones. Si quiere saber el porqué del fracaso pregúntele a la capitana. Al parecer está rodeado de traidores.
 
  Apenas escuchó pronunciar el nombre de aquella mujer los puños de Damocles se crisparon de tal forma que parecía que los nudillos estuvieran a punto de rasgar su piel. Contuvo un bufido de rabia a duras penas.
 
  —Supongo que no sabrá nada de cierto robo perpetrado esta noche, ¿verdad? Ha estado a punto de destruir las pruebas contra usted, Herr Spider.
 
 >>No se moleste en responder. Veo que el chantaje es algo a la larga, inútil contra usted. Me temo que solo me deja una salida para tratar con el inconveniente que usted representa.
  Wentworth enarcó una ceja por toda respuesta. Se negaba a dignificar aquella amenaza con su respuesta. Tenía una certeza casi absoluta de cuales iban a ser las palabras del hombre ante él. Cuando las pronunció no quedó decepcionado en absoluto.
 
—Nos batiremos en duelo a muerte.




4—Cruz De Espadas

  Estoy de acuerdo. ¿Dónde, cuándo y con qué armas?

  —Incluso conociendo su fama me sorprende su rea...
  Wentworth interrumpió de forma tajante a Damocles.


  —Cuanto antes acabe con la amenaza que usted representa, mejor será para todos aquellos que sufren sus actos.
 
  —No sea tan arrogante, mein Herr. Conozco maneras de matar que hacen que Jack el Destripador parezca un mero amateur.
 
  —Usted solo conocerá una de mí. Es tan cobarde que sus enemigos tienen que verle de espaldas para reconocerle.
 
  — ¡Basta! En unas horas recibirá un mensaje que le dirá en qué lugar y momento hallará la muerte. En cuanto a las armas...
 
Una vez más, el Doctor Damocles cumplió su palabra. El portero subió hasta el ático de Wentworth entregándole en aquella ocasión un sobre sin señas de ningún tipo. La carta citaba a Wentworth y «los tres testigos que desearan acompañarle.»
  Este decidió acudir con el aspecto por el cual era temido y odiado por el hampa y perseguido y despreciado por la policía. No era por dramatismo. Ni siquiera por solemnidad. Se trataba en cierto modo de su honor. Había cedido al chantaje y tenía que recuperar su terrible dignidad.
  La muerte de Damocles además estaba seguro de que aliviaría la vida de mucha gente. No toda inocente, de eso estaba convencido. Pero aunque solo fuera por evitar que pudiera empezar a perjudicarles, Damocles tenía que morir.
  Nita, Jackson y Ram Singh trataron de disuadirle. De buscar otro medio de enfrentarse a su enemigo. Pero no lograron hacerle desistir.
 
  —Todo el mundo sabe que nunca he faltado a la palabra dada. Me enfrentaré a él y le mataré.

  Por toda respuesta, Nita unió sus labios a los del hombre que amaba. Jackson le dedicó un muy formal saludo militar a su antiguo mayor durante la Gran Guerra. Ram Singh se inclinó en una profunda reverencia, pronunciando unas palabras en indostaní. Una viejísima bendición sikh, dedicada a aquellos que se enfrentaban a enemigos invencibles.
  Abandonaron el edificio por el ascensor de servicio subiendo a un coche con matrícula falsa que empleaba solo cuando tenía intención de enfrentarse a los criminales. O cuando (como en aquella ocasión) deseaba desplazarse de forma discreta.
  Apenas Ram Singh y Jackson ocuparon los asientos delanteros, este último se volvió con gesto de preocupación.

  —Nos espían. Juraría que va vestido como un personaje de Robert Louis Stevenson.

  —Que nos siga. Así evitaremos el buscarle más tarde. Ram Singh, condúcenos hasta el lugar de nuestra victoria.

  — ¡Hai sahib!

  Mientras el coche circulaba bajo el frio sol de la tarde, a ninguno se le ocurrió mirar hacia arriba, al cielo. De haberlo hecho, quizás hubieran distinguido una silueta que volaba de azotea en azotea siguiendo su camino desde las alturas.
  El lugar donde iba a batirse era un inmenso almacén en aparente desuso. The Spider lo conocía por que en el pasado había sido una especie de terreno neutral para las bandas. Al menos hasta que él mismo masacró la última reunión acabando con una red de contrabando de opio.
  El interior estaba lleno de óxido, suciedad y oscuros rincones malolientes. La única fuente de luz eran unas altas y estrechas ventanas. Muchas estaban cubiertas por una oscura, pegajosa capa de suciedad. Otras tantas, rotas con los marcos sujetando restos de cristal como dientes rotos. Tan solo se escuchaba el sonido de sus inquietos pasos.

  — ¡Bienvenido! —En medio del lugar entre dos pilares de acero de los que sostenían el techo esperaba el Doctor Damocles. Estaba solo—. ¡Bienvenido a su muerte, Herr Spider!

  —Antes de que le mate y le marque. ¿Podría responderme a una pregunta?

  —Los condenados tienen derecho a una última petición, claro.

  The Spider se forzó a no dejarse llevar. Tenía que controlarse, impedir que le provocara.

  —He hablado con mis contactos en la policía. No he averiguado nada concreto. Pero... ¿Tiene usted algo que ver con el Doktor Krueger?

  —Si —fue la seca e irritada respuesta. Se inclinó recogiendo dos espadas. Do floretes largos, afilados y de agudísima punta. Tendió uno a the Spider, que asintió. Peso y equilibrio decentes. Buen acero—. Antes de que pregunte. Mis testigos están ocultos y vigilando. Si los suyos tratan de interferir...

  —Basta de palabras. Esto acabará solo cuando uno de los dos muera. ¡En guardia!

  Al instante los aceros comenzaron a repicar con estridencia. The Spider acometió buscando el rostro de su enemigo. Damocles bloqueó el ataque y casi de inmediato respondió lanzándose hacia el hígado de su adversario. El amo de los hombres retrocedió al tiempo que empujaba hacia abajo la hoja de su enemigo.
  Deslizó la propia hoja a un lado atravesando la ropa de Damocles. Una acometida que fue detenida apenas un instante, seguida de un fulgurante tajo bajo que rasgó la capa de the Spider. En aquel breve intercambió captó el estilo de Damocles. Defensivo, centrado en las combinaciones de parada y contraataque.
  Intentó herir su mano. Antes de acabar con él quería interrogarle. Atacó de inmediato golpeando con la punta de su espada  la cazoleta que protegía la mano del otro. Dejó que el acero se deslizara mordiendo con hambre el pulgar de Damocles como un colmillo de acero.
  En ese preciso instante una serie de truenos estremecieron las paredes del almacén.
 
— ¡Al abordaje mis perros! ¡Capturad al miserable y degollad al resto!





5—Las Alas De La Capitana
 
  A la derecha la pared estalló en un chorro de ladrillos. Un enorme proyectil atravesó el espacio detrás de the Spider. Nita, Ram Singh y Jackson se pusieron de inmediato espalda contra espalda con las armas en la mano. Damocles retrocedió, la espada floja en la mano herida mirando con ojos desorbitados más allá de su rival.
 
  — ¡DAMOCLES! ¡TE VOY A ARRANCAR EL HIGADO!
 
  A la izquierda de the Spider apareció corriendo una figura de largos rizos rubios recogidos en una coleta. Tras ella aparecieron no menos de veinte hombres vestidos como si hubieran salido de una novela de Salgari. Su armamento sin embargo no era tan antiguo.
  Junto a sus feos cuchillos llevaban revólveres modernos que comenzaron a disparar contra los hombres de Damocles, que salían de sus escondrijos tras los pilares que soportaban la estructura.
  Mientras sus aliados se ponían a cubierto el amo de los hombres se arrojó hacia el chantajista con la espada por delante, casi hombro con hombro con quien, reconoció de un vistazo era una mujer vestida como si fuera la capitana de los asaltantes.
 
  — ¡Damocles es mío!
 
  La mujer le embistió haciéndole tropezar. No llegó a caer al suelo. Su espalda golpeó de doloroso modo contra un pilar sacando casi todo el aire de sus pulmones. En medio de los disparos sintió un percutor siendo amartillado a su espalda. Con fuerza echó la espalda hacia atrás, sintiendo como abría carne y un cuerpo caía agonizando con un gemido. Mientras recuperaba el aliento vio a la mujer llevarse algo a los labios, soplando con fuerza. No produjo sonido alguno que pudiera oír pero las ventanas a su izquierda estallaron en una lluvia de afiladísimos cristales rotos sobre sus aliados.
  Jackson fue el único que no trató de protegerse, mesmerizado por la criatura que atravesaba el espacio. Parecía un murciélago enorme, colosal. Pero sus rasgos de cuello hacia abajo ¡eran los de una persona!
 
  The Spider arrojó la espalda a un lado y empuñó sus pistolas con los dientes apretados.
 
 
De Damocles ya no había rastro y él quería respuestas de inmediato.
  Se irguió y comenzó a correr mientras disparaba. Aquella temeridad desconcertó a sus tres primeras víctimas, pero se extinguió enseguida.
 
  — ¡Quien mate a Damocles tendrá doble parte en el siguiente botón!
 
  Apenas los primeros disparos de respuesta comenzaron a silbar, el enmascarado se echó al suelo, rodando sobre los hombros. Un disparo desgarró su capa mientras completaba el  giro y se echaba de nuevo al suelo cuan largo era en un único movimiento. Comenzó a girar sobre sí mismo hacia el pilar más cercano en busca de cobertura. Cuando ya se estaba agachando, el murciélago humano se echó sobre él.
 
Los colmillos se cerraron sobre su hombro izquierdo con fuerza, haciendo que brotara la sangre. Mientras forcejeaba cio como Nita abatía a uno de aquellos extraños piratas por la espalda mientras Ram Singh degollaba a uno que se había acercado demasiado tratando de evitar los disparos de los hombres de la Capitana.
  The Spider contuvo un segundo grito de dolor. Sin levantar el brazo alzó la automática y disparó a quemarropa. La bala atravesó la enorme oreja de la criatura y rebotó contra un pilar, perdiéndose en el espacio. El monstruo abrió la boca y se alejó colando.
  El implacable enemigo de crimen buscó a la Capitana. Estaba agachada tras un montón de pales mientras veía como el medio murciélago medio hombre huía a través de una ventana rota. ¡Damocles había desaparecido! Mientras viviera sería una amenaza.
  Pero aun podía conseguir respuestas. El tiroteo se había cobrado cinco muertos más. Los disparos se habían tornado más prudentes tras el estallido inicial. Sin perder tiempo llamó la atención de sus aliados, agachados tras unos oxidados bidones.
  Pronunció una serie de rápidas órdenes en indostaní, el idioma de Ram Singh. De ese modo, los criminales no podrían saber lo que pretendían hasta que fuera demasiado tarde. El fiel Sikh se inclinó en una rápida reverencia y comunicó el plan a los que estaban con él.
  Curioso por lo que había creído juramentos, uno de los hombres de la Capitana se volvió. Al instante una bala disparada por Nita atravesó su cuello levantando un tan breve como letal surtidor de sangre. Jackson se agachó dirigiéndose hacia la capitana. Ram Singh, usando por una vez un arma de fuego abatió a uno de los hombres de Damocles que quedaban antes de dar media vuelta y salir del almacén con el gesto crispado.
  Nita cubrió el avance de Jackson hacia la mujer, que se volvió de inmediato al percibir movimiento cercano. Apenas alzó su pistola contra el descubierto acechador the Spider disparó a su vez, desviando el disparo de ella, que atravesó las costillas de uno de sus propios hombres.
  Jackson se arrojó sobre la capitana derribándola, tratando de contenerla mientras su rodilla golpeaba su vientre. Cuando estaba a punto de zafarse, the Spider le asestó un terrible puñetazo en la cabeza que la aturdió unos preciosos instantes. El amo de los hombres se despejó rápidamente de su chaqueta, usándola para maniatar a la mujer. Jackson hizo lo mismo con los pies de ella.

  — ¡Nita, cúbrenos! —Los dos hombres arrastraron de los hombros a la forcejeante mujer.

  — ¡Retiraos! ¡Vosotros, decid a vuestro capitán que esto no terminará hasta que le arranque el hígado!

 — ¡Deprisa! —Gritó Nita—. ¡Se me ha acabado la munición!





6—Pacto Entre Enemigos


  Como si aquellas palabras hubieran sido una fanfarria de cazadores, la intensidad de los disparos se redobló por parte de los secuaces de Damocles que aún cubrían la retirada de su desaparecido líder. The Spider y Jackson continuaron arrastrando a la mujer hacia la salida del almacén. Nita les precedía por varios metros.
  Un estridente claxon se dejó oír. El justiciero se apresuró haciendo una indicación a su acompañante para que alzara de los pies a la mujer, que había dejado de forcejear. Después de todo, la estaban alejando de un peligroso tiroteo. Algunas balas perdidas repicaban contra el suelo o las vigas metálicas como los gañidos de demonios hambrientos.
 
  El costado de un veloz coche se vio al fin más allá del anchísimo umbral, recortado a contraluz contra el sol del atardecer. Nita apresuró sus pasos abriendo las puertas traseras y del copiloto. Tras el volante se hallaba Ram Singh, Tenía su turbante torcido y la ropa rasgada con manchas de sangre.
 
  —Un necio quiso impedir que cumpliera vuestras ordenes sahib. Lo envié a sus ancestros para que aprendiera modales.
 
  — ¡Bien hecho, león! —Con un muy brusco empujón incrustó a su prisionera en el asiento de atrás entra Jackson y Nita. Mientras él se acomodaba en el asiento del pasajero, Nita cubrió la cabeza de la otra mujer con una capucha. Esta quiso decir algo pero su amenaza murió cuando una pistola se hundió en sus costillas.
 
  The Spider asintió sin palabras: El fiel sikh aceleró con un gemido de neumáticos al tiempo que una bala perdida huía del almacén rebotando contra el asfalto. Tras el primer giro, cruzaron un espacio en el que se veía un cadáver, un charco de sangre y de forma fugaz un viejísimo cañón naval.
  El amo de los hombres se sentía amenazado, exhausto e intranquilo. No se permitió un suspiro de alivio. Su prisionera era sin duda una enemiga. No estaba dispuesto a conceder más signo de debilidad. Damocles iba a morir. Aquella misteriosa mujer le daría las respuestas que deseaba.
  Sonrió burlón dejando al descubierto los colmillos de celuloide que volvían siniestro su rictus. Nada peor para una mente criminal que otra mente dedicada al crimen. Nada más terrible para ambos malvados que la justa ira y letal retribución impartida por the Spider.
  El trayecto transcurrió en un silencio sepulcral. Tan solo se escuchaba el constante rumor del tráfico y las lejanísimas sirenas de las fábricas. Su destino era un piso en un muy humilde barrio alejado del centro de la ciudad. El tipo de calles en la que los vecinos tienen mala vista, peor oído e inexistente memoria.
 
  Entraron por una puerta trasera, subiendo hasta el último piso sin pronunciar una sola palabra. Su prisionera, con el rostro aun cubierto fue llevada prácticamente en volandas por el sikh y Jackson.
  Cuando por fin descubrieron su cabeza, parpadeó hasta que sus ojos se acostumbraron a la escasísima luz que se filtraba bajo la puerta que cerraba la estancia. Distinguió tres siluetas y sintió una cuarta presencia a su espalda.
 
  — ¡Sahib! ¿Porque no degollamos a esta diablesa? ¡El credo del guerrero es matar al enemigo!
 
  La mujer dio un respingo al escuchar la voz de acento oriental a su espalda.
 
  —No mi fiel león —respondió sereno the Spider—. Antes hemos de averiguar qué es lo que sabe ella. El conocimiento es poder y la más terrible de las armas.
 
  —de acuerdo. Hablaré.
 
Sus captores no supieron que responder. Esperaban un interrogatorio más duro, más difícil. The Spider supo sin embargo que no iba a ser una confesión fruto del terror que su letal forma de justicia inspiraba en los delincuentes.
  —Yo no hago tratos con criminales.
 
  La capitana esbozó una taimada sonrisa.
 
  —Pero nunca ha roto una promesa. Eso lo sabe cualquiera que conozca sus baños de sangre y sus matanzas.
 
 >>Hablaré y me entregaré a la policía si me da su palabra de que capturará a Hans.
 
  — ¿A quién se refiere?
 
  —Al hombre murciélago. No diré más hasta entonces. Necesitaran el silbato especial. Lo tengo en mi bolsillo izquierdo. Emite un sonido que lo atrae, inaudible para los seres humanos normales.
 
  >>Si usted no hace nada, Damocles lo capturara vivo y... —la mujer contuvo sus palabras. Como si buscara una manera de que no fuesen demasiado reveladoras—. Digamos que eso no le interesa a ninguno de sus enemigos.
 
  La mirada que the Spider recibió chillaba más que un coro infernal. La registró, comprobando que en efecto en uno de sus bolsillos tenía un silbato de aspecto deforme y abultado. Era más bien un reclamo. Como el que usaría un cazador para atraer a su presa.
 
  —Jackson, ve y consigue de inmediato un par de rifles donde sabes. Nita, quédate aquí con Ram Singh.
 
  La compañera de the Spider quiso protestar pero lo pensó mejor. Cuatro ojos vigilaban mejor que dos. Quizá la Capitana se abriera más ante otra mujer.
 
 
  —Sahib! ¿En qué os he ofendido para que hagáis de mí el carcelero de una ramera corta gargantas?
 
  —No, mi fiel guerrero. Esta mujer es una peligrosa reina de bandidos sedienta de sangre. Tiene sometida a una pavorosa criatura. ¡Recuerda el demonio alado que interrumpió la batalla!
 >>Para guardarla solo puedo confiar en un guerrero tan valiente y fiero como tú, Ram Singh. No se puede permitir que huya antes de que diga lo que sabe.
 
  — ¡Hai sahib! ¡Escucho y obedezco! —El leal sirviente se inclinó en una profunda reverencia.
 
  El azote del inframundo dedicó una intensa mirada a Nita, que le correspondió sin palabras. Con un vuelo de su capa precedió al tercero de sus aliados abandonando aquella miserable vivienda.
  Con aquellos actos la capitana (esperaba) creería que de hecho había accedido a su palabra. No era así. No se la había dado en ningún momento. Tan solo había aceptado como cierto que el triunfo de Damocles ni le interesaba ni le era conveniente.
 
 —Pisa a fondo el acelerador Jackson. Se nos acaba el tiempo.




 
7—Los Sonidos Del Silencio
 
 
— ¡Amo Richard! —Jenkins, su ya anciano mayordomo, le saludó con su inequívoco gesto de fastidio—. ¡Qué mala suerte! hace tan solo unos minutos que el comisario Kirkpatrick se ha marchado. Parecía muy contrariado. Se fue malhumorado y dejando un mensaje.
 
  —Qué raro que no me haya cruzado con él. ¿Qué dice el mensaje?
 
  —Dijo que se pusiera en contacto con él cuanto antes. No dijo más.
 
  —Entiendo. Jackson, prepara los rifles y el hacha. Jenkins, prepárame un tarje y una capa limpios. Yo tengo que hacer una llamada.
 
  A aquellas horas solo quedarían los que se encargaban del turno de noche. Aun así esperaba que alguien pudiera atenderle.
 
  — ¿Hola? Richard Wentworth. Sí. Creo que el comisario quería hablar con migo. ¿En serio? No, lo lamento. Si fuera tan amable de decírmelo usted... ¡Por favor! El comisario ha confiado en usted para ocupar su puesto en horas como estas. Asumo la responsabilidad.
 
 >> ¿En serio? Inaudito. Sí, sí. Muchas gracias. Por supuesto. Su superior sabrá de su amabilidad.
  Apenas colgó el auricular se dirigió a su dormitorio. Sobre la cama estaba el traje y la capa. Se sentó frente al tocador que usaba Nita cuando se quedaba allí y arregló su disfraz. Pocas veces lo había usado de modo tan prolongado y precisaba de retoques.
 
  Por lo normal en una salida como aquella, camuflaría su identidad de forma más discreta. Pero con su chantaje, el doctor Damocles lo había convertido en algo personal. Era su guerra y luciría sus colores.
  Una vez terminó, salió al salón. Con su profesional flema, Jenkins se quedó observándole en silencio.
 
  —Si el comisario o alguien más llama, ya sabes que decir.
 
  —Descuide. Obraré según sus disposiciones.
 
  — ¿Todo dispuesto?
 
  Jackson asintió. Mostró los rifles de caza y sus correspondientes bandoleras con munición y un hacha de mango largo, con un filo por el cual resbalaba la luz como si fuera sangre recién derramada.
  Mientras bajaban en el ascensor de servicio the Spider contó a su acompañante lo que ocurría. Desde el día anterior se había informado de avistamientos de una extraña criatura voladora en la zona de los muelles. Stanley Kirkpatrick pensaba que eran cuentos de borrachos... hasta que empezó a morir gente y alguien captó un patrón.
  La criatura había atacado y desgarrado el cuello de sus víctimas. Todos sin excepción eran o habían sido, mejor dicho, jefes de varios sindicatos.
 
  —Stanley está preocupado porque esto puede llegar a provocar una guerra de bandas. Dirígete a los muelles. Creo que ya tenemos a nuestra presa.
 
  El sol se había ocultado casi del todo. Pero en los estrechos cañones entre almacenes a la orilla del rio la oscuridad ya campaba por sus fueros. Un viento cargado de humedad se deslizaba pegajoso como una babosa, estremeciendo la piel con repulsiva frialdad. Los muelles estaban vacíos de vida.
  No se veía caminante alguno. Si alguien quedaba en los barcos atracados, estarían todos en sus camarotes, esquivando a la criatura. Ni siquiera las más desesperadas (o temerarias) de las prostitutas osaban deambular por allí. Tan solo el ulular del viento y el demasiado lejano rumor del tráfico del ocaso.
  Medio agachados tras una esquina, permanecían dos hombres armados cada uno con un rifle y una bandolera con munición cruzándoles el pecho. Uno de ellos tenía el mango de un hacha asomándole tras el hombro.
  The Spider se llevó el reclamo a los labios y sopló con fuerza. Pero al igual que las siete veces que ya lo había hecho, ningún sonido que él pudiera percibir salió del objeto. Tan solo su presa podía oír aquella fuente de ruido.
  A su espalda Jackson no dijo nada. Se limitó a golpear en el hombro de quien tenía delante tres veces. Señaló a su derecha una gran sombra oscura que se dirigía hacia donde ellos estaban. El imparable azote del inframundo se llevó una vez más el reclamo a los labios. Apenas sopló, aquella figura aumentó su velocidad lanzándose en picado.
  The Spider dejó caer el reclamo y se llevó el rifle al hombro. Jackson le imitó esperando la señal.
 
  — ¡Ahora! —Casi al unísono ambos cañones escupieron su maldición de plomo deteniendo a la criatura como si se hubiera estrellado contra un muro invisible—. ¿Pero qué diablos...?
 
  Como una coreografía cósmica, en el instante que el medio murciélago comenzaba a caer una red apareció sobre él, arrojada desde el techo de uno de los almacenes. De los espacios entre las naves salieron varias figuras vestidas de época con armas modernas, dirigidas por un hombre con capa que the Spider reconoció al instante.
 
  Reaccionó sin decir nada, sabiendo que Jackson actuaría como era debido. Había servido a sus órdenes en la Gran Guerra. Podía confiar en él.
  Sin bajar el arma disparó de nuevo, atravesando la espalda de uno de los piratas. Una nueva detonación y el polvo penetró el cráneo de la criatura matándola al instante. Jackson se había dado la vuelta disparando casi a quemarropa contra un pirata que pretendía clavarles un ancho cuchillo en los riñones.
 
  — ¡Doble paga para quien lo mate! —Damocles apretó los dientes con odio. La hembra de la pareja no había resistido el viaje y se había visto forzado a sacrificarla. Enloquecido por la rabia, llevó la mano al florete que pendía de su cintura.
 
  No llegó a desenvainarlo. La bala le destrozó el cuello. Un segundo disparo, como una inútil misericordia, atravesó su torso perforándole un pulmón. Su verdugo dejo caer el rifle desenfundando sus pistolas automáticas. Aquel era el único idioma que entendía el inframundo. ¡El idioma de la retribución!
  Aun espoleados por sus últimas palabras avanzaron. Su líder estaba muerto, sus planes desbaratados.
 
  The Spider se echó al suelo disparando con despiadada puntería, haciendo que cada bala fuera una fulminante sentencia. Un hombre cayó desde el techo de un almacén a pocos metros delante de él. Jackson demostró una vez más su valía como aliado. La caída del bandido les dio a ambos tiempo más que suficiente para acabar con los confusos piratas modernos.
  The Spider enfundó sus armas. Sus enemigos, en su superioridad numérica se habían creído invencibles. Habían pensado poder acabar con quien había destruido sus planes. Pero se había equivocado. El hombre tras la máscara se dijo que ya no era una persona. Era una causa.
  En otra época podría haber gobernado a aquellos bajo él. En otra era podría haber sido rey y extender su dominio y voluntad. En aquella edad había elegido servir a la humanidad como la implacable némesis del inframundo. El Amo de los Hombres. ¡The Spider!
  Uno a uno marcó a los caídos con su terrible sello, excepto a aquellos que habían caído por los disparos de su aliado. Nunca reclamaba una muerte ajena como propia a menos que tuviera razones para ello. Y en aquel momento no existía ninguna.
  Después asió el hacha a su espalda. Aún quedaba una tarea por hacer.
 
 
 
8—La Ausencia De Nita
 
 
  El filo bajó y subió varias veces, decapitando y desmembrando al hombre murciélago. La sangre salpicó el suelo y la ropa del enmascarado dejando breves arcos sanguinolentos en el espacio nocturno. El acero bajo una vez más, partiendo las vértebras del cuello con un asqueroso chasquido. Limpió el hacha como pudo y la dejó en el suelo.
  El despedazado cadáver del semihumano engendro sería una advertencia a todo aquel con locura suficiente como para hacer de él su enemigo.
  Todo aquel asunto sin embargo no había acabado aun. Esperaba que la Capitana hubiera caído en su engaño y confesara. Tenía que saber si conocía las pruebas que Damocles había empleado para chantajearle.
 
—vamos Jackson. Esto aún no ha acabado.
 
  Se dirigieron de forma directa al piso donde mantenía prisionera a la capitana. A pesar de ser ya de noche en un barrio poco recomendable, la casi inhumana intuición de Richard Wentworth captó la sutil tensión en el ambiente. Algo no estaba bien.
  Una fugaz mirada desde una puerta. Cortinas que se corrían al ser descubiertas su acechante vigilancia. Casi inaudibles susurros desde la puerta de un bar cercano. No era que le hubieran reconocido. En su camino hacia allí Wentworth había recuperado su aspecto cotidiano. La sensación era diferente. Como llegar al escenario de una catástrofe después de que esta haya ocurrido.
  El interior del miserable piso había sido escenario de un encarnizado combate. Había manchas de sangre en el suelo y las paredes. Algunos agujeros de bala atravesaban la puerta que daba al patético baño. En el suelo se veía un charco de sangre y pisadas que lo habían extendido por el lugar.
  Aterrado, Wentworth se dirigió a la habitación en la que habían interrogado a su prisionera. La capitana seguía maniatada con gesto de profundo fastidio. A un lado, sentado en el sofá se hallaba Ram Singh con la ferocidad dibujada en su oscuro rostro.
  De Nita no había el menor rastro.
 
  — ¡Ram Singh! ¡¿Qué ha ocurrido?!
 
  — ¡Una batalla sahib! Los miserables que servían a esta diablesa pretendían liberarla. Ahora afrontan la vergüenza de la derrota ante sus despreciables ancestros.
 
 —Missie sahib insistió en deshacerse ella de su carroña. Dijo además que ya sabía cómo acabar con la amenaza de Damocles.
 
—Si ese bocazas cobarde no hubiera hablado...
 
  Wentworth se calmó aunque la inquietud aun persistía. A lo largo de los años había tenido irrefutables pruebas de su valentía y arrojo. Su más fiel aliada. Aceptando su renuncia a una vida normal en favor de los inocentes y aquellos que no se podían defender por sí mismos.
  Aun sabiendo todo aquello no podía evitar preocuparse por la mujer que amaba. Si no fuera así, acabaría por perder su humanidad por completo.
 
  —Usted, saqueadora miserable, escribirá ahora mismo esa confesión. —Wentworth se dirigió a Jackson—. Apenas lo haga, la conducirás a comisaria. Asegúrate de que se entrega. Yo me quedaré aquí esperando el regreso de Nita.
 
—Y tu Ram Singh, me contaras como tuvo lugar esa batalla.
 
 El sikh asintió, orgulloso de que el hombre al que servía le honrase con tal petición.
  Wentworth vio como la puerta se cerraba. La noche se encaminaba ya al amanecer y Nita aún no había dado señales de vida. Pero no sabía por dónde empezar a buscar. En el caótico pandemonio de la lucha, Ram Singh no había podido captar cual había sido el descubrimiento de ella. Solo podía esperar.
  Leyó la larga y detallada confesión manuscrita de la capitana. Gracias a sus palabras, pudo aclarar algunas dudas. Otras aún permanecían sin respuesta para su irritación. El doctor Damocles era austriaco. Durante la Gran guerra trabajó como discípulo de un tal Doktor Krueger.
  Wentworth conocía ese nombre. Un terrible rumor en las trincheras. Si tan solo la décima parte se acercaba a la verdad, había estado a punto de ganar la guerra para el káiser en más de una ocasión. Sin embargo, otro rumor decía que siempre había sido detenido por un extraño grupo de aviadores de los que apenas se sabía nada. Una vez acabada la guerra, Damocles consiguió huir a una isla perdida en el mar Caribe. La Capitana no sabía de qué o quién huía.
  Ella era su segunda al mando. Decidió amotinarse cuando tras miles de infructuosos intentos logró replicar una parte muy específica de los experimentos de Krueger. Sus palabras textuales eran:
  Ese imbécil carece de ambición. Tan solo deseas vengar a su mentor. ¡Con un ejército de esas criaturas el mundo podía haber sido nuestro para saquearlo!
  Logró reunir a un pequeño número de partidarios. Pero según sus propias palabras, Damocles comenzó a sospechar de ella en el peor momento posible. Mientras preparaba su viaje a los Estados Unidos, donde por fin esperaba levar a cabo su venganza. El chantaje sufrido por Wentworth era tan solo parte de los preparativos finales de su plan.
  El doctor Damocles quería neutralizar todas las amenazas posibles a su plan. Y el figuraba en el primer puesto de la lista como el peligro a impedir de forma más inmediata y fulminante. Sin embargo la traición de la Capitana torció esos planes.
  El testimonio se extendía con criminal arrogancia. Se recreaba en cada delito. Cuando llegó a las últimas líneas, Wentworth crispó sus puños arrugando aquellas hojas.
 
 — ¡Ram Singh! ¡A la comisaria! —Consumido por la urgencia, arrojó el estropeado manuscrito al suelo. El portazo que dio al abandonar el piso levantó una corriente que dispersó las hojas por el suelo.
 
  En la última de ellas, con apresurada caligrafía, se podía leer:
  Me entregaré, sí. Pero ni me dejare juzgar ni mucho menos encarcelar. Mis hombres ya saben cómo actuar. Cuando me hayan rescatado habrá muchas viudas lamentándose.
 
 
 
9—La Sonrisa De Richard Wentworth
 
 
  Richard Wentworth maldecía con ira mientras bajaba las escaleras corriendo. Mientras aguardaba, sin hacer nada, su enemiga actuaba. Apenas llegó a la calle, subió al coche y arrancó de inmediato. Ram Singh apenas tuvo tiempo de alcanzar el vehículo. El automóvil ya derrapaba cuando aún estaba cerrando la puerta.
  El sikh pocas veces había visto a su amo con una expresión de tal desesperada ira. Parecía una Furia encarnada que tan solo viera ante sí el camino hasta su enemigo, ciego y sordo a todo lo demás.
 
—Sahib, nos siguen.
 
  Wentworth no respondió. Giró una esquina con tal brusquedad que el vehículo se levantó sobre dos ruedas por un instante. Segundos después el vehículo perseguidor apareció en el espejo retrovisor con un agudo chillido de sus neumáticos. Quien estuviera tras el volante tenía tanta pericia como temeridad dirigiendo aquel vehículo.
  A aquellas horas del casi amanecer el tráfico aún era escaso. Tenían margen para maniobrar pero seguían teniendo que permanecer atentos al resto de vehículos. Como una sombra de metal, el vehículo perseguidor replicaba las maniobras del que estaba intentando alcanzar.
  Zigzagueó evitando un camión y dos coches, evitó a un distraído peatón y casi arrasó un quiosco de prensa, dejando atrás un desordenado montón de hojas impresas. Wentworth no pudo dejar de admirar la temeridad de quien fuera que pretendía darle alcance. La distancia entre ambos se mantenía constante.
  A pesar de los obstáculos, los semáforos en rojo que se saltaban, la separación entre ambos no variaba un ápice. Richard Wentworth giró con brusquedad al entrar en otra calle, ya casi en su destino cuando se dio cuenta.
  El otro vehículo llevaba varios segundos emitiendo estridentes bocinazos. Pensaba que para avisar a conductores y peatones inocentes. Pero había algo en el ritmo de aquel punzante sonido. Se carcajeó con ganas. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? De inmediato buscó un espacio libre deteniendo su coche frente a un anónimo bloque de viviendas.
  El oscuro rostro de Ram Singh se torció en un expectante gesto mientras desenvainaba su cuchillo. Una batalla en la que una vez más demostrar su valía. Sus ojos se dilataron de la sorpresa al ver quien abandonaba el coche. Un taxi, se dio cuenta en aquel momento.
 
  —— ¡Richard Wentworth! —Exclamó casi sin aliento—. ¿Tanto te cuesta entender un mensaje en código Morse?
 
  — ¡Nita! —Se echó en brazos de su prometida—. Lamento no haberme dado cuenta antes. Pero no hay tiempo que perder. ¡Vamos!
 
  — ¿Amo? —Ram Singh se mostraba decepcionado. Recuperó la sonrisa al escuchar la respuesta del
hombre al que servía cono poco común devoción.
 
  —No te preocupes, mi fiel león. Te aseguro que pronto tu cuchillo se emborrachará con la sangre de los malvados —Se volvió hacia Nita—. Ya nos hemos entretenido demasiado. ¡Y quien sabe lo que nos encontraremos!
 
  Apenas ella entró en el vehículo, Wentworth arrancó de nuevo, pisando a fondo el acelerador. Puso a Nita al corriente de los detalles más graves. La dulzura abandonó su rostro apenas él terminó de hablar. Su respuesta sin embargo señaló un inquietante cabo suelto.
 
  — ¿Y Jackson? ¿No ha contactado contigo?
 
  —No. Le di ordenes de que tras dejar a la Capitana en comisaria se encargara de preparar todo por si Damocles hacia efectivas sus amenazas.
 
  —No lo hará —replicó Nita con seguridad—. El mensaje que te di con la bocina estaba incompleto. Mañana los periódicos hablaran de un incen...
 
  El coche se detuvo en seco. La calle estaba cortada por un cordón policial a unos cincuenta metros de la comisaria. Varios coches patrilla formaban una barrera que impedía el paso de cualquier otro vehículo. Al otro lado se podía ver a un agente dando el alto al tiempo que hacía sonar su silbato.
  Las farolas de aquella calle dejaban ver su escuálida figura, que avanzó con arrogancia en dirección al coche que acababa de detenerse. A la parcial contraluz dejó ver una extraña sonrisa burlona.
 
— ¡Agachaos! —Wentworth, auxiliado por el sombrío interior del vehículo desenfundó una de sus automáticas. Estaba descargada. Si tenía razón esperaba que su osado farol tuviera éxito. Si no, no tendría tiempo de lamentarlo.
 
  Ni Nita ni Ram Singh hicieron caso de sus palabras. Estarían con él hasta el final. Si lo peor ocurría, de poco iba a servir agacharse.
 
  Cuando el agente de uniforme llegó a su altura, Wentworth ya había bajado la ventanilla. Sin dar tiempo a que el hombre hablara, clavó el cañón de su arma en el vientre del hombre, que se quedó rígido de la impresión. Tal y como había supuesto quien le retenía, era un hombre de la capitana fingiendo ser un representante y mantenedor de la ley.
  El uniforme demasiado estrecho, el pelo de longitud contraria al reglamento, el pésimo afeitado... Sin darle tiempo a reaccionar, le despojó de su revólver, enfundando de nuevo su inútil pistola.
 
  — ¡Quieto! O acabaras navegando con el Holandés Errante antes de que salga el sol. Ram Singh, Nita, salid del coche. Aseguraos de que nuestro amigo no hace nada raro mientras abre el paso para nosotros. —Wentworth quería llegar con su vehículo para tener un medio de fuga cercano por si acaso.
 
  — ¡Richard!

  Desde la relativa cercanía de la entrada de la comisaria, con inseguras zancadas se acercaba revolver en mano alguien que el llamado conocía muy bien.

 — ¡Stanley!





10— ¡Asalto A La Comisaria!


  El falso policía aprovechó aquella breve distracción de sus captores, intentando una temeraria huida. Mientras Wentworth aún estaba abandonando el vehículo. Ram Singh corrió detrás de él. Con un rugido casi bestial, se arrojó contra los muslos del perseguido derribándolo. Echó la zurda hacia atrás hasta casi rozar su oreja y descargó un pesado puñetazo que dejó al otro sollozando de dolor.
 
  —Sahib, esta serpiente ya no morderá más.
 
  —Bien hecho, valiente. Inmovilízalo. Puede que aún nos sea útil. —Se volvió hacia el hombre que se acercaba con andares cada vez más arrastrados—. ¡Stanley! ¡¿Qué ha ocurrido?!
 
  El comisario de policía presentaba un aspecto más propio de un veterano de guerra que su más cotidiano, severo y patricio aspecto. Un ojo amoratado, cortes sangrantes, los ojos llenos de agotada rabia. De inmediato Richard acudió a su encuentro evitando que se derrumbara.
 
—No hay... tiempo, Richard. Uno de mis hombres se hizo pasar por mí. Esa hij... —Contuvo su juramento al notar la presencia de Nita—. Apenas cinco minutos después de que Jackson... —Cogió aire. Era evidente que tenía prisa por contarlo todo.
 
-No tengo tiempo para los detalles. Dijo que sabía que...
 
  —...no saldremos con vida de aquí. ¡Pero yo y mis hombres moriremos matando antes que padecer bajo la sombra de Damocles toda la vida!
 
  El detective que había tomado el lugar de su superior casi se encogió ante la vehemente furia de aquella mujer, incapaz de mirar a su rostro. Desfigurado por la furia, vomitada en bruscos gestos y aún más violentos juramentos.
 
  — ¿Que espera conseguir? —El orgullo de defensor de la ley pudo más que el miedo—. ¡No puede hacer nada! ¡NADA! Puede llegar a huir. Pero jamás esconderse de la ley.
 
  — ¿Que es la vida? —Replicó con amargura—. Por perdida ya la di cuando decidí traicionar a quien me tenía sometida. ¿Huir? ¿Esconderme? eso ya lo veremos.
 
  El detective permaneció en silencio. La ira de aquella mujer había adoptado una sombría, truculenta cualidad que habría hecho palidecer al mismo Diablo en su trono infernal.
 
  —Ya veo. ¿Pero qué es lo que quiere?
 
  —Indulto para todos sus hombres y salvoconducto hasta la frontera canadiense —jadeó Kirkpatrick—. Por cada cuarto de hora de retraso matará un rehén.
 
  Wentworth lo tenía claro. La capitana estaba desesperada. Sus planes habían fracasado. Probablemente ella no sabía con qué chantajeaba Damocles a sus víctimas. De hecho era muy posible que ella misma hubiera estado sometida por el mismo método.
 
  Buscaba vengarse. Morir matando en lugar de ejecutada tras la terrible espera en el corredor de la muerte. Puede que incluso llevarse por delante a quien había destruido sus planes. Pero Wentworth no la daría tal satisfacción. No sería the Spider quien se enfrentara con ella. Tampoco la marcaria con su terrible sello.
  Observó a su amigo. No. Aquella batalla la libraría como Richard Wentworth. Había motivos prácticos tras tal decisión, por supuesto. Pero también desafió a los malvados.
 
  —Está bien. Esto es lo que haremos, Stanley. Nita, ¿Sigues hablándote con Reid? Algo de ayuda de la prensa nos vendría bien. Aunque lleguen cuando todo haya acabado.
 
  —Claro Dick. Puedo ponerme en contacto con él de inmediato. Hare que envíe fotógrafos y reporteros.
 
  —Bien. Ram Singh, en esta ocasión ayudamos a la ley. ¡No mates a menos que traten antes de matarte a ti o a un inocente!
 
  — ¡Escucho y obedezco, sahib! —El Sihk se inclinó en una profunda reverencia aunque no pudo ocultar su decepción. Para alguien como él perdonar la vida a un enemigo era contrario a muchas de sus convicciones.
 
  —Stanley, me temo que t...
 
  — ¡Son mis hombres! ¡Ya ha matado a tres y no estoy seguro de que no haya asesinado al resto!
  Wentworth sostuvo la mirada de su amigo soportando su fiera determinación. Si las circunstancias fueran otras, lucharían codo con codo contra el inframundo. De hecho en alguna excepcional ocasión en el pasado así había sido. Sonrió satisfecho, aferrando el hombro de su amigo.
 
  —Sea pues. Supongo que sabrás de algún medio de entrar con discreción en la comisaria.
 
  —Por supuesto.
 
  —Nita, haz como te he dicho. Cuando terminemos ve a casa y aguarda noticias mías.
 
 
 —Ten cuidado Dick. Esa mujer es una bestia acorralada.
 
  Los policías de uniforme y los detectives, heridos la mayoría, permanecían esposados y hacinados en el interior de las celdas. Muchos estaban malheridos o agonizando tras un intento de recuperar el control de la comisaria. Al otro lado, tendidos en el pasillo se hallaban los cadáveres desnudos de los que habían muerto en el ataque inicial.
  Fue tan repentino, tan brutal que la sorpresa apenas les permitió reaccionar. En cuanto su líder consiguió reducir al comisario y usarlo como rehén la derrota fue casi inmediata. Como mudos fiscales arrojaban su vacía, opaca mirada de muertos encogiendo el orgullo de los presos con humillante y dolorosa vergüenza.
 
— ¿Eh? ¿No lo oís?
 
  — ¡Cállate O'Donnel! Aquí lo único que se escucha son los gem... Un segundo. ¡Tienes razón! ¡Disparos!
 
  —Yo diría que vienen desde el piso de arriba...
 
 El mortal estampido del plomo se dejaba oír a través de la diminuta ventana enrejada en cada celda. La atención de los agentes de la ley se tensó: Los disparos sonaban de modo constante, como si la misma Muerte corriera con zapatos de plomo ardiente. Cada vez más cercanos cesaron de modo repentino. ¿Qué podía haber causado aquel tiroteo? De nuevo, el único sonido eran los cada vez más débiles lamentos de los moribundos.
 
 — ¡Callaos todos! Creo que oigo pasos... —El policía que había hablado aferró los barrotes de la celda y apretó los dientes. No iba a dejarse matar como un cordero. Por inútil que fuera resistiría. Si no su vida al menos salvaría su orgullo.
 
A través de la puerta en el extremo del pasillo entró un hombre de agotado gesto, con un revólver reglamentario colgando en su mano como el reo en el cadalso.
 
 
 
11—Huida De Muerte
 
 
  — ¡Comisario! —Los policías se echaron sobre las puertas de las celdas, casi aplastando a sus compañeros aferrados a los barrotes. Aunque castigado por una extenuación más allá de lo físico la visión de Stanley Kirkpatrick renovó las esperanzas de los que aún vivían.
 
Apenas vio a los muertos desnudos y a aquellos que agonizaban, el comisario casi se derrumbó. Se llevó las manos a la cara, como si quisiera arrancarse su rostro. Sin decir nada, sacó una llave de su bolsillo abriendo las celdas una a una.
 
—Atended a los que aún puedan ser salvados. A los que —tomó aire con profundidad—... a los muertos tendedlos en una posición más digna y cubridlos. Yo aún tengo que cumplir con mi deber.
 
Leales como eran los agentes obedecieron las órdenes de su superior. No le preguntaron qué sucedía. En el fondo ya lo sabían. Si él estaba allí se arreglaría pronto. A la puerta de su despacho en el segundo piso aguardaba Richard Wentworth. A un lado, derrumbado contra la pared, se hallaba el cadáver del detective que había fingido ser Kirkpatrick para que pudiera huir. Tenía el vientre abierto, con los intestinos asomando como gruesas sogas de sangre.
 Ram Singh se hallaba en otra parte de la comisaria, buscando posibles hombres de la capitana escondidos de la helada, implacable rabia de su amo. Wentworth asintió sin palabras.
  Kirkpatrick entró en su despacho, dispuesto a arrestar a la capitana. A cumplir con su deber. Pero no llegó siquiera a rozar las esposas. En medio de un fresco charco de sangre, atravesada por su espada yacía la capitana.
  El presidente de la por muchos considerada la nación más poderosa del orbe suspiró como quien alcanza su destino tras un largo peregrinaje. Observó unos instantes más aquellas páginas manuscritas. Cubrió la última hoja con su mano y cerró el cuaderno. Alzó la vista y contempló el lugar.
  La historia desconocida de su nación. Y en algún caso de más allá de sus fronteras. Aquello que faltaba en los misteriosos huecos del mundo. Los oscuros rincones de la Tierra. Ahora él era uno de los pocos que podía visitarlos.
  Se levantó con cuidado de no arrastrar la incómoda silla. Por un segundo sintió como si el espectro de the Spider emergiera de las páginas que acababa de leer. Sin juzgar ni actuar. Tan solo observando al hombre que dirigía el destino de la nación.
  El presidente devolvió el texto a la estantería que le correspondía. Después dio media vuelta y abandonó aquel lugar mientras sus pasos levantaban cavernosos ecos.
.

Si te ha gustado la historia, ¡coméntala y compártela! ;)


No hay comentarios:

Publicar un comentario