Star Trek Elite Force nº01


Título: Vuelo Inicial
Autor: Raúl Montesdeoca
Portada: Juan A. Campos
Publicado en: Junio 2017

¡Nueva serie! El Escuadrón Alpha, es reunido de nuevo tras abandonar la Voyager, para un nuevo tipo de misiones, para sus habilidades de Elite Force en el cuadrante Alpha. Alexander Munro y sus hombres, deberán de enfrentarse a nuevos desafíos, nuevos peligros, en un tiempo de incertidumbre en la Federación y en la Galaxia. ¿Serán capaces de lograrlo?
El Escuadrón Alpha, cuerpo militar de Elite, fue creado en la Uss Voyager para sobrevivir en el peligroso cuadrante Delta. Ahora, de regreso a casa, les esperan nuevas misiones y nuevas aventuras...

Creado por la compañía Raven Software

 




I
Fecha Estelar 57015.48, Sector H’atoria..


Alexander Munro sentía en su estómago el nerviosismo y la emoción que le causaba su nuevo destino. No importaba la experiencia pasada, el primer día siempre era como empezar de nuevo. Y en este caso más aún porque ignoraba a dónde se dirigía. Aunque trataba de disimularlo, el insistente tamborileo de sus dedos sobre la barandilla de la galería panorámica le delataba.
 
—¿Sigues molesto porque nos han interrumpido el permiso?

La voz femenina que le sacó de sus pensamientos provenía de su compañera Telsia Murphy, compañera en el más amplio sentido de la palabra. La bella irlandesa de cabello castaño y él habían estado juntos desde los inicios del Escuadrón Alpha hacía más de cuatro años, cuando ambos coincidieron como tripulantes en la Voyager. Después de la odisea de regresar del cuadrante Delta fueron asignados a la Enterprise, a dónde pensaba que serían reasignados.
 
—Sí, en parte es también por eso. Pero lo que más me inquieta es todo este misterio. Ni siquiera sabemos a dónde se dirige este carguero de la Flota Estelar.
 
—Mientras tú refunfuñabas mirando las estrellas yo he estado haciendo averiguaciones al respecto. La nave va cargada hasta los topes de repuestos de todo tipo y componentes electrónicos como para abastecer a un planeta pequeño. Y si mis cálculos de astrogación no son incorrectos, estamos en el espacio profundo. En un punto intermedio entre la federación, el imperio klingon y los romulanos.

 —¿Y qué es lo que se supone que hay aquí?

 —La base estelar 234 .

 —Sigo sin encontrarle explicación a tanto secretismo.

 —Tampoco dije que fuera a hacerlo, solo que tenía más información.

 Alexander Munro sonrió con el comentario de Telsia y las negras nubes de preocupación que ensombrecían su rostro parecieron desaparecer. Ella siempre se las apañaba para animarle. Había sido así incluso desde mucho antes de ser pareja. Telsia era su segundo oficial en el escuadrón alfa, la roca en la que siempre podía apoyarse. Esa relación y la mutua atracción que sentían el uno por el otro había desembocado en la confesión de sus sentimientos. Unos sentimientos que si bien habían intentado apagar y excusar por razones profesionales, terminaron como suelen terminar estos asuntos de amor.

 —Venga, reconoce que en el fondo te morías por volver a la acción —le retó Telsia.

 —Mentiría si te dijera lo contrario. Pero no es menos cierto que voy a echar mucho de menos este tiempo que hemos pasado juntos, siendo simplemente una pareja que disfruta de la vida sin otra preocupación. Ha sido muy especial para mi —reconoció él.

 —¡Oh! Es tan hermoso que el duro líder del escuadrón alfa de la Elite Force pueda ser también tan sensible y adorable. ¿Sabes? Me encanta que esa parte tuya sea en exclusiva para mi —dijo Telsia antes de besarle apasionadamente.

Alexander se dejó llevar por la íntima sensación y la abrazó con fuerza.

 El mágico momento se rompió cuando la irlandesa se zafó de su abrazo señalando a través del mirador exterior.

 —Creo que ya hemos llegado.

 El recién ascendido teniente comandante Munro siguió la dirección del dedo de Telsia y también pudo verla. Sin duda que era impresionante. Era difícil calcular sus dimensiones con exactitud, pero por simple comparación con el carguero se sabía que el adjetivo enorme se quedaba corto para describirla. Era una base estelar de la federación. Parecía que no estaba terminada del todo por el intrincado andamiaje exterior que la cubría en algunas secciones.

 Cuando la maniobra de atraque concluyó y el carguero abrió sus compuertas Alexander y Telsia fueron de los primeros en aparecer a través de ellas. Apenas habían puesto un pie en la estación cuando una familiar voz reclamó su atención.

—Teniente comandante Munro, teniente Murphy, se presenta el alférez Chang —dijo el recién llegado saludando con mucha marcialidad.

Alexander saludó a su viejo amigo de una manera mucho más casual. 

—¡Austin! ¿Desde cuándo eres tan formal? —bromeó.

—Desde que eres un tío importante, teniente comandante nada menos —le respondió Chang estrechando su mano con efusividad.

—Por desgracia, ascender en la flota no es muy difícil en estos últimos tiempos. Hay muchas bajas que cubrir. Pero hablemos de cosas más alegres, parece que algunos nos hemos estado reencontrando con nuestros orígenes —dijo Munro en referencia al tatuaje facial rigeliano que cubría la mitad izquierda del rostro de su viejo camarada de armas.

—Sí, por mucho tiempo no tuve demasiado interés en mi mitad rigeliana, por lo que decidí ponerle remedio.

—Bueno, cuando acabéis con este momento de camaradería entre machos me gustaría poder dejar de sentirme ignorada —se hizo notar la oficial Murphy.

—Telsia, me alegro mucho de volver a verte. Estás muy bien, los dos lo estáis.

Alexander no respondió al velado comentario sobre su relación con Telsia, fue ésta la que tomó la palabra:

—¿Qué tal está Juliet?

—También está aquí, aunque a todos los efectos es como si estuviera en el cuadrante Delta. Cada vez se toma más en serio lo de la filosofía vulcana y está más distante y fría que nunca —explicó Chang con no muy buena cara.

—Hablando de todo un poco. ¿Qué demonios hacemos aquí? —quiso saber Alexander.

—No lo sé, han reunido al equipo completo. Supongo que os lo explicarán en la reunión que tenéis concertada en treinta minutos. Deberíais quitaros esos trapos y vestiros como soldados de verdad para estar presentables —dijo Chang mostrando su uniforme de la Elite Force.

La disciplina nunca había sido el fuerte de Munro, lo podían atestiguar todos sus instructores en la academia y no pocos oficiales de la flota. Pero la relación entre ellos tres era especial, cuando no estaban en público hablaban con total libertad sin tener en cuenta los rangos. No en vano eran supervivientes del primer escuadrón de combate de la Elite Force, cuando forzados por las circunstancias la capitana Kathrin Janeway había ordenado la formación de un escuadrón de intervención rápida. Por el camino habían quedado buenos soldados como Kendrik Biessman, Jorge González o el teniente Lester Foster, el primer líder del escuadrón alfa.

Tras una rápida ducha en las estancias que les fueron asignadas y un cambio de atuendo, Munro y Murphy tomaron un turbo-ascensor. Caminaron por un largo pasillo, en el  que se veía a una legión de operarios terminando de montar afanosamente algún panel o instalando diversos sistemas electrónicos, hasta que llegaron a una puerta que en nada se distinguía de decenas iguales por toda la base. Al abrirse, Munro se encontró casi de frente a un denobulano, que obviando todo protocolo se acercó a él con los brazos abiertos para darle un efusivo abrazo.

—Me llena de gozo tenerle de nuevo entre nosotros, teniente Munro.

—Yo también me alegro profesor, aunque ahora es teniente comandante para ser exactos —dijo un tanto azorado Munro por el abrazo.

El denobulano dedicó otro fraternal abrazo igual de intenso a Murphy cuando por fin soltó a Munro.
 
El profesor Struhlem poseía el rango de alférez, aunque nunca lo usaba, prefería que se refirieran a él como profesor, que era su auténtica pasión. Las excentricidades eran algo que venía incluido en los oficiales científicos, por eso en la Elite Force le consentían esas y otras rarezas. Eso no significaba que no fuera una valiosa adición para la Elite Force. Era un verdadero genio, y cuando se concentraba en una tarea no cejaba hasta dejarla resuelta. Munro recordó una frase que solía decir su tutor en la academia de la flota acerca de los oficiales científicos, “puedes meter al científico en la flota, pero no puedes meter a la flota en el científico”.

—Espero que podamos comer juntos hoy, he preparado una jambalaya para chuparse los dedos —insistió el profesor.

Aunque sus orígenes raciales eran denobulanos, el profesor Struhlem había nacido en Baton Rouge. Su padre había sido un diplomático de la federación destinado allí. Era un apasionado de la comida cajún y siempre que podía asaltaba la cocina para preparar copiosas comidas para toda la tropa.

—Intentaré buscar un hueco si las circunstancias lo permiten —dijo Munro con evidentes ganas de terminar la poco apropiada conversación.

—¡Oh, sí! Por supuesto, lo primero es lo primero. Permítanme que les acompañe, les están esperando en la sala táctica —se ofreció Struhlem.

Alexander Munro respiró hondo. De inmediato se abrieron las puertas neumáticas y contempló la amplia estancia, no muy diferente de la que disponía el equipo mientras estuvo asignado a la Enterprise. En el estrado central se encontraban dos personas.
Munro y Murphy reconocieron enseguida al vulcano de piel oscura sentado más a la derecha. Era
Tuvok, un nombre ligado a la historia de la Elite Force. Él mismo había coordinado la creación de los primeros escuadrones de la unidad.

A su lado se encontraba una humana que rondaba la treintena de años, su pelo era castaño, largo y rizado. El estilizado uniforme negro la delataba como miembro del Departamento de Inteligencia de la Flota Estelar. A Telsia le sonaba la cara de la mujer de alguna parte. Entonces la recordó, era Libby Webber. Había estado prometida con Harry Kim antes de que la Voyager desapareciera en el cuadrante Delta. Tras el tormentoso regreso al espacio de la federación, el oficial de operaciones de la Voyager y ella habían intentado retomar su relación. Antes de su traslado como jefa de seguridad al USS Dallas, Telsia llegó a coincidir con ella en alguna ocasión. Le sorprendió que la simpática y dulce violinista fuese en realidad una agente de inteligencia.


II



—Es un honor estar a sus órdenes nuevamente —se cuadró Munro con reverencial respeto ante Tuvok.

—Para mí también ha sido un honor disponer de soldados tan capaces, pero no será así esta vez. En esta nueva etapa de la Elite Force me será imposible ser su comandante, aunque sí trabajaremos coordinados. En menos de cuarenta y ocho horas me incorporaré nuevamente a la tripulación del USS Voyager. Mi presencia en esta reunión es solo para desearles suerte y también para ayudar en lo que pueda con la incorporación a su nuevo destino —le corrigió el vulcano.

Munro lamentó internamente que Tuvok no fuera a estar en el día a día del equipo, había estado al frente de la Elite Force desde el minuto cero. Los tiempos cambian.

—Me presentaré, soy la agente Webber —tomó la palabra la oficial de inteligencia—. La nueva comandante de la Elite Force.

La noticia tomó por sorpresa tanto a Munro como a Murphy. 

—¿Vamos a trabajar para el departamento de inteligencia? —preguntó Munro con cara desconfiada.

—Ahora entiendo el motivo de tanto misterio —añadió Telsia.
—Todos estamos en el mismo bando y luchamos por los mismos objetivos —intercedió Tuvok.
—Oficialmente son parte de la guarnición de la base estelar, pero su labor real será servir como equipo de respuesta rápida para la inteligencia de la Flota Estelar. Las excelentes referencias del propio Tuvok, unidas a las del capitán Picard y la vicealmirante Janeway atrajeron la atención de nuestro departamento. Sus habilidades resultarán de mucha utilidad en nuestra misión —dijo Libby Webber.

—Una misión de la que aún no sabemos nada —protestó Alexander Munro.
Ignorando la salida de tono del líder de la Elite Force, la agente Webber fue directamente al grano.

—La frontera romulana se ha convertido en una zona caliente. La muerte del golpista pretor Shinzon dejó al imperio estelar romulano descabezado. Desde entonces parece haberse desatado una guerra civil entre diversas facciones con distintas agendas. Por lo que he visto en los informes la Elite Force ya ha tenido algún encontronazo con uno de estos grupos, una sociedad secreta llamada la Corona Vacía.
Telsia asintió confirmando los datos de la oficial de inteligencia y dejó que siguiera con su exposición.

—Desde que hace cerca de un año una fuerza romulana teóricamente disidente destruyó la base estelar Unity, hemos estado ciegos y sordos a todo lo que está pasando más allá de nuestra frontera. La estación Unity era la primera en su clase, un proyecto común entre el imperio klingon y la federación. Tenía que haber sido la primera de muchas plataformas para extender los acuerdos de Khitomer al resto de potencias de la galaxia, pero ahora no es más que un montón de chatarra flotando en el espacio. Los klingons, dado su beligerante carácter, no se han tomado muy bien la provocación de los romulanos y las escaramuzas en sus fronteras van subiendo cada vez más en intensidad.

—La USS Voyager intentará hacer una labor de mediación entre las diversas facciones romulanas, pero hay demasiadas cosas que no sabemos. Tenemos que evitar una guerra y necesitamos información de primera mano. Para ello hará falta un equipo de respuesta rápida que pueda actuar con discreción en ambos lados de la zona neutral —añadió Tuvok.

—Cuenten con nosotros —sentenció Alexander Munro, no sin pensarlo un tiempo que casi rozaba la descortesía.

—Muy bien, entonces nos retiraremos para que se vayan familiarizando con las instalaciones —dijo la comandante Webber.

Tuvok se detuvo para dar un último consejo a su antiguo alumno.

—La guerra contra el Dominion ha dejado a la federación sumida en la paranoia. La creación del proyecto Defensor es un reflejo de estos tiempos inciertos en los que la prioridad ya no es explorar nuevos mundos ni llevar nuestras ideas a nuevas civilizaciones sino defender nuestras fronteras. El mayor reto será sobrevivir sin perder el espíritu de nuestra federación. Recuerde siempre, implacables en la lucha y generosos en la victoria —añadió antes de despedirse.

Alexander Munro no pudo evitar cierta inquietud ante las palabras de Tuvok. El tono neutro que siempre usaban los vulcanos no permitía saber si se trataba de un consejo o de un presagio.

—Yo también me voy, al menos por un rato. Quiero pasarme por el ala médica desde que llegamos para hablar con Juliet, tenemos un montón de chismes y cotilleos que actualizar —dijo Telsia aprovechando el momento de intimidad para darle un dulce beso en la mejilla.

Munro echó un vistazo a su alrededor, en el nuevo cuartel general no faltaba de nada. Una puerta en el fondo de la sala llamó su atención. La curiosidad le pudo y hacia allí dirigió sus pasos.

—¡Vaya, si hasta tengo despacho propio! —exclamó al ver su nombre en la placa sobre la mesa.
 
La compuerta de la enfermería se abrió al detectar la presencia de Telsia Murphy. La teniente agradeció volver a ver las caras habituales del departamento. Podía parecer un tanto discriminatorio pero le gustaba que fuese una zona libre de hombres. Era un oasis en el que podía ser ella misma por un rato. El hecho de que fueran oficiales médicos y se enfrentaran con tanta asiduidad a la vida y la muerte hacía que las tres mujeres que componían la plantilla médica de la Elite Force se tomaran las reglas con calma. La cadena de mando no tenía mucho sentido en aquella sala, allí eran todos iguales.

—Todavía no hemos tenido ninguna misión y ya tenemos una paciente. Es un nuevo récord.

La que bromeaba era la teniente Stevenson, una mujer de unos cuarenta años de edad y cabello castaño claro, que recogía en un ajustado moño. Había sido la primera oficial médico de la Enterprise en sustitución de Beverly Crusher, justo en la época en que la Elite Force había estado destinada en la insigne astronave. Tras el regreso de la doctora Crusher a la Enterprise, Stevenson había pedido el traslado a la unidad. No muchos médicos de la flota podían presumir de un curriculum como el suyo.

—No doctora, por fortuna solo vengo a saludar a Juliet —respondió Telsia.

—Está atrás, en la farmacia —respondió la alegre voz de la tripulante Kretar, que realizaba las labores de enfermería.

La joven era el huésped de un simbionte trill, tal y como indicaban las manchas en sus sienes. Encerraba dentro de ella la sabiduría de varios siglos de vida, una combinación sorprendente.

—¿Hay alguien por aquí? —preguntó la teniente Murphy.

—Telsia, me alegra verte —dijo la alférez Juliet Jarot.

—¿Alegrarte no va contra tu filosofía vulcana? —bromeó Telsia.

—No intento eliminar mis sentimientos, sería difícil siendo una betazoide. Pero sus enseñanzas me ayudan a no aferrarme a ellos.

—Si a ti te parece bien, a mi me parece mejor. Yo también me alegro de que estemos juntas nuevamente. ¿Hay algo que quieras contarme?

—No hace falta que use mis habilidades psíquicas para saber que te refieres a cómo va lo mío y lo de Chang. No sé, los dos estamos cambiando y quizás cada vez somos personas más distintas —se sinceró Juliet.

—Dicen que los polos opuestos se atraen —trató de animarla Telsia.

—Sí, eso dicen —respondió Juliet poco convencida—. ¿Y tu escapada romántica, qué tal ha ido?

—Ha sido maravilloso, debo reconocerlo. Pero me preocupa cómo irán las cosas ahora que hemos vuelto al servicio activo.

—No veo el porqué, los dos lleváis trabajando juntos mucho tiempo. Eras su segunda al mando mucho antes de empezar vuestra relación —discrepó Juliet.

—Ese es precisamente el problema, hasta ahora no habíamos tenido que compaginar la Elite Force con una relación personal.

—¿Cómo se hace un viaje de mil kilómetros? —preguntó Juliet de pronto.

El recuerdo del mantra de la oficial médico le trajo gratos recuerdos a Telsia. Puede que la alférez Jarot no formase parte del escuadrón de combate propiamente dicho. Sus orígenes betazoides y su formación vulcana la convertían en una pacifista convencida. Odiaba el combate y sobre todo odiaba la pérdida estúpida de vidas, pero siempre estaba junto a ellos en el campo de batalla, sanando las heridas de sus cuerpos y muchas veces las del alma. Era parte esencial del equipo, había estado desde los comienzos de la Elite Force en la Voyager, tanto o más que Murphy, Munro o Chang.

—Paso a paso —respondió Murphy a su íntima amiga.

La conversación fue interrumpida por el zumbido electrónico del comunicador de Telsia.

—Teniente Murphy, reúna de inmediato al escuadrón alfa al completo en la sala táctica.

Era la voz del teniente comandante Munro.

—Por el tono parece bastante oficial, será mejor que no le hagamos esperar mucho. Realmente echaba de menos nuestras charlas, tenemos que organizar una noche de chicas —dijo Telsia.

—Cuenta con ella —afirmó Juliet.




III
 
Murphy era una oficial eficiente y el escuadrón alfa estaba siempre listo. Para cuando el teniente comandante Munro llegó a la sala táctica, el equipo ya se había reunido.

—Es bueno volver a estar en casa —dijo Alexander Munro al reencontrarse con sus camaradas.

Fue saludando fraternalmente y con brevedad a los que aún no había visto desde su llegada.
Allí estaba la letal Elizabeth Laird, una hermosa mujer de piel de ébano, natural de Hoboken y maestra de al menos cinco estilos diferentes de artes marciales.
El impresionante guerrero klingon Korban era el único miembro del equipo que no pertenecía a la flota estelar, algo que a nadie parecía importarle porque el gigantón se había ganado su lugar en el grupo como especialista en armas pesadas.

Munro saludó al alférez Namkots Sirk, el andoriano que había tomado el puesto del fallecido Jorge González en el equipo de respuesta. 
No faltaba tampoco el boliano Chell, el técnico del grupo, que llevaba con ellos desde los tiempos de la Voyager.
La rubia subteniente Stockman, la piloto que transportaba a la Elite Force allá dónde fuera necesaria, lucía radiante con su pelo largo recogido en una coleta por una cinta de seda roja y sus intensos ojos azules brillaban de emoción.
Y por último estaba también el caitiano Kenioth, el hombre gato no pareció mostrar especial interés en el reencuentro, aunque por los movimientos lentos de su cola Munro sabía que su desinterés era fingido.
Alexander Munro conocía la historia detrás de cada uno de ellos, les unía una amistad que se había forjado en campos de batalla de diversos cuadrantes de la galaxia, un nexo difícil de romper.

—Me gustaría poder dedicar más tiempo a ponernos al día, pero ahora tenemos trabajo que hacer —dijo al equipo el teniente comandante.

Todos tomaron asiento en sus respectivos puestos.

—Básicamente la situación es la siguiente, los sensores de la estación han detectado una extraña senal. Creen que pueda tratarse de una nave que se dirige a la frontera romulana. Quieren que salgamos y comprobemos qué es lo que se traen entre manos. Quizás el profesor Struhlem pueda darnos algún dato más —explicó Munro al equipo con brevedad.

—No demasiados me temo. Si realmente es una nave, sospecho que están usando medidas contra electrónicas para evitar ser localizados. Estoy afinando al máximo nuestros sensores y apenas consigo determinar su posición por los ecos electrónicos —respondió el científico denobulano tras consultar su consola de datos.

—Muchas gracias, profesor. Sidney, prepare la Runabout, salimos a su encuentro en diez minutos. Chicos, volvemos a la acción —animó Munro a la tropa.

Todo el equipo salió de inmediato a buscar sus pertrechos, excepto Telsia.

—¿Qué te parece la nueva situación? —preguntó la teniente aprovechando el momento de soledad.

—No me agrada demasiado este juego de inteligencia, con ellos tendremos medias verdades envueltas en capas de mentiras. Por otro lado no nos pagan para opinar sino para obedecer.

—A mal tiempo, buena cara, ¿no?

—Se podría decir así también —coincidió Alexander Munro.
 
Un insistente cosquilleo se instaló en el estómago de Sydney Stockman cuando se abrió el panel superior del hangar y pudo ver la inmensa negrura del espacio iluminada aquí y allá por numerosas estrellas. No importaba cuántas veces había repetido la misma operación, todavía le seguía impresionando la hermosa vista. Sonó un apagado zumbido y la plataforma comenzó a elevar la
Los motores de la Runabout volvieron a la vida.

—Comenzamos vuelo inicial, despegue inminente —avisó entre emocionada y orgullosa la subteniente Stockman por el sistema de comunicación interno.

Tomaron impulso y salieron disparados, dejando atrás rápidamente la gran mole metálica de la base estelar. La tripulación se dedicó a comprobar los indicadores y a asegurarse de que todo funcionaba a la perfección, era el procedimiento rutinario de la flota. Habrían transcurrido unos quince minutos de travesía cuando la compuerta trasera de acceso a la cabina se abrió. Era el teniente comandante Munro.

—¿Cómo va todo por aquí?

—Bien, por ahora las modificaciones de Chang y Chell no nos han hecho volar por los aires —bromeó la piloto.

—Es una buena noticia, sin duda. ¿Hay alguna otra novedad? —preguntó Munro en referencia su misión.

El profesor Struhlem se dio cuenta por el repentino silencio, y porque todos le miraban, de que esperaban una respuesta suya.

—¡Ah, sí! ¡Claro! Precisamente estaba con ello en este instante. Estaba resultando tremendamente difícil localizar la nave, pero el alférez Kenioth ha hecho un increíble trabajo con los sensores. Ya sabe que los caitianos tienen un oído portentoso y…

—Profesor, sintetice por favor —le pidió Munro.

El científico denobulano tendía a divagar con los temas más variopintos a la menor ocasión. Munro lo sabía y de cuando en cuando había que sacudirlo un poco, metafóricamente hablando, para que volviera a centrarse en el tema.

—Sí, por supuesto, discúlpeme. El caso es que gracias a la inestimable ayuda de Kenioth he podido concentrarme en el escaneo de la nave. Su baliza no está activa, por lo que sigo sin poder identificarla. La buena noticia es que tengo una imagen electrónica, aunque no he podido reconocerla —dijo el denobulano de largas y espesas patillas señalando a la pantalla de su estación.

A Munro tampoco le sonaba aquel diseño. A primera vista era como si algún ingeniero ebrio de cerveza romulana hubiese juntado los cascos de varias naves para construir una más grande. Se notaba especialmente en lo que debía ser el puente de mando, que estaba construido con la estructura de una antigua nave breen.

—No creo que vayamos a encontrar esa nave en ningún manual. Excelente trabajo profesor, y lo mismo va para usted alférez Kenioth. Pasen los resultados de su investigación a la consola de la sala de tropa —dijo Munro antes de abandonar la cabina.

No tardó demasiado en llegar a su destino, nada quedaba demasiado lejos en la Runabout. La sala de tropa era un eufemismo para referirse a dos módulos habitacionales unidos entre sí, que servían como alojamiento, sala de reuniones, sala de recreo o comedor entre otras funciones. Así debían sentirse en los submarinos de los que le hablaban durante las clases de historia militar allá en la academia.

—Teniente, quiero que vea algo —pidió a Telsia que se le uniera en la consola.
Le mostró la imagen electrónica tridimensional obtenida por Struhlem.

—No se parece a nada que haya visto antes —reconoció Munro.

—Es una nave del sindicato orión —dijo Murphy.

Alexander Munro miró sorprendido a su segunda al mando.

—Eres una caja de sorpresas.

—Todos tenemos un pasado. Mi juventud fue bastante… turbulenta, por llamarlo de alguna manera.
No hay dos naves iguales en el sindicato, pero esa falta de uniformidad es como una marca de estilo para alguien que reconozca los códigos —explicó Telsia.

—Y claro está, tú los conoces, ¿no es así?

—Estás hablando con una ex-miembro del sindicato —dijo ella.

Alexander Munro no pudo evitar enarcar una ceja ante tal sorprendente revelación. Una historia que debería quedar para otros momentos más propicio. Existían prioridades más urgentes en aquel momento.

 —¡Atentos escuadrón! —reclamó Alexander Munro a todos los presentes, activando el sistema de comunicación interno para que pudiesen oírle también en cabina—. La nave que debemos interceptar es una nave orión, lo que presenta una complicación añadida. Los oriones son socios de la federación, puede que sean unos socios molestos y poco recomendables, pero no podemos disparar a nuestros aliados.

—Disculpe la interrupción, señor —sonó la voz de Sydney Stockman por los altavoces de la sala—. La nave objetivo ha detectado nuestra presencia, acaban de subir sus escudos deflectores y están empezando a ganar velocidad. Si vamos a hacer algo deberíamos hacerlo ya. Dudo mucho que podamos competir en potencia con unos motores de ese tamaño.       

—Entendido subteniente, trate de ganar todo el tiempo que pueda —confirmó Munro la recepción de su informe.

—Si tienen los escudos activos no podremos teletransportarnos dentro de la nave, y si no podemos dispararles, no hay manera de destruir los escudos. ¿Cómo se supone que vamos a detenerlos entonces?

El andoriano Namkots Sirk acababa de expresar en voz alta las dudas que compartía la mayoría del escuadrón alfa.

—Se supone que somos lo mejor que existe como equipo de respuesta rápida. Así que hagamos nuestro trabajo y busquemos una respuesta a esta solución. Y mejor que sea rápido —dijo Telsia Murphy.

—Hmmm, puede que haya una posibilidad —Austin Chang se convirtió en el centro de todas las miradas de la sala al pronunciar dichas palabras—. Podríamos adaptar los IMods que usábamos contra los borg a uno de los emisores phaser de la nave. Los escudos deflectores solo son energía y pueden ser neutralizados con una onda de frecuencia opuesta. Variando la frecuencia de un haz amplio de phaser con los dispositivos IMods ser deberíamos poder conseguir causar una brecha.

—En teoría podría funcionar —habló Struhlem desde los altavoces.

—Una teoría que si no funciona hará que acabemos aplastados como un mosquito contra el parabrisas de un aerocoche —les recordó Chell a sus compañeros.
Runabout. Era una buena nave, sobre todo si la comparaba con la vieja bañera voladora que tenía en la Enterprise. A su lado estaba Elizabeth Laird, su nueva oficial táctica. Las dos mujeres ocupaban los asientos frontales, en la zona más cercana a la proa. Detrás de ella se encontraban el profesor Struhlem ocupando en estribor la estación científica y el catiano Kenioth que se encargaba de las labores de oficial de operaciones. Esa era la única tripulación que necesitaban, los veintitrés metros de envergadura de la nave implicaban que el espacio a bordo tenía que ser aprovechado al máximo. Ni siquiera había un puesto de mando, algo superfluo en una nave de aquellas dimensiones.





IV

 
—¡Warp 5 alcanzado! Estoy llevando este trasto al límite y todavía siguen ganando velocidad. Vamos a perderlos, alférez Laird fije el rayo tractor trasero sobre la nave orión —ordenó la subteniente Stockman a su oficial táctica.

—Pero los tenemos en la proa, no entiendo cómo… —comenzó a decir Elizabeth Laird.

—Los tendremos a rango enseguida —la interrumpió la rubia Sydnet—. ¡Agárrense todos!

Sin más aviso la hermosa piloto efectuó un giro de ciento ochenta grados a alta velocidad. Los potentes giro-estabilizadores de la nave apenas pudieron absorber la inercia y los tripulantes se sintieron durante unos momentos como si estuvieran siendo sacudidos dentro de una coctelera gigante. Una maniobra arriesgada que solo pilotos muy expertos podían realizar. Si se fallaban los cálculos milimétricos que había que realizar, la integridad de la nave podía verse seriamente afectada. No en vano, Sydney Stockman era una de las mejores pilotos de lanzadera que disponía la federación. Ya desde la academia de la Flota Estelar había demostrado sus extraordinarias habilidades en el manejo de lanzaderas y cazas de combate, llegando a convertirse en la líder más joven de los Nova Fighters, la escuadra de cazas de la academia.
Elizabeth Laird contuvo el instinto de vomitar cuando notó la sensación de girar como una peonza. Sacó toda su fuerza de voluntad para mantener la concentración en su consola táctica. Tenía que accionar el rayo tractor en el mismo instante que la nave orión entrara en su rango de acción. No iba a haber una segunda oportunidad, si no los pescaba a la primera desaparecerían en el infinito espacio sideral y toda la misión se iría al traste.

—¡Los tengo! —exclamó con un grito de espontánea alegría la joven afroamericana.

En la Runabout pudieron notar el tremendo tirón, pero el haz del rayo tractor no había perdido intensidad y continuaba reteniendo a la nave de los oriones, que trataba de desprenderse de la presa, sacando todo el jugo que podía a sus motores. Sydney Stockman añadió la potencia de tracción de la lanzadera de largo alcance al duelo de fuerzas.

—Los estamos frenando con el rayo tractor. Calculo que tenemos un margen de cinco minutos, más vale que os deis prisa con los ajustes —gritó Stockman al ingeniero Austin Chang y al técnico boliano Chell a través del panel abierto en el suelo de la cabina.

Los dos trabajaban afanosamente en el angosto espacio para integrar el modulador infinito en el circuito integrado del emisor phaser.

—Ya casi está —le llegó la respuesta de Chang desde el conducto—. Espero que el profesor tenga listos los análisis de la energía del escudo, nos ayudaría mucho.
—Por usar sus propias palabras, podría decir que también casi está —se excusó el denobulano.

Sydney Stockman y Elizabeth Laird sacudieron la cabeza en señal de resignación. El alférez Kenioth seguía con su habitual apatía caitiana los sucesos.

—Es increíble, si lo piensas acabamos de inventar en menos de cinco minutos un sistema capaz de anular los escudos de una nave estelar. Esto podría suponer toda una revolución —dijo el alférez técnico Chell al ingeniero Austin Chang mientras terminaba de asegurar el mecanismo.

—No creo que esto tuviera un efecto práctico en una batalla real. El haz del phaser no puede afectar más que una pequeña parte del escudo, incluso en la zona afectada lo más probable es que la computadora de la nave enemiga detecte la falla en el blindaje y vuelva a reconfigurarla —explicó Chang.

—¿Entonces para qué todo este trabajo? —preguntó Chell con extrañeza.
—Porque con suerte tendremos un margen de dos o tres segundos en el que la Runabout podrá atravesar sus escudos por esa pequeña ventana.

—¿En serio nuestro plan es colarnos por un agujero minúsculo que solo estará abierto un par de segundos y a toda velocidad? ¿Soy el único al que eso le parece una auténtica locura? —se quejó Chell a toda voz para que le oyesen en la cabina

Su protesta cayó en saco roto, pues nadie le respondió. Estaban acostumbrados al poco entusiasmo del alférez boliano para las situaciones de riesgo. La siguiente voz que rompió el silencio de la cabina fue una exclamación del profesor Struhlem.

—¡Bingo!

Elizabeth Laird lo miró entre extrañada y divertida.

—Me crié en Luisiana, me encantan las expresiones coloquiales terrestres —se explicó el oficial científico.

—Céntrese profesor, ¿cuál era la noticia? —le recordó Sydney al denobulano.

—Cierto, cierto. He hallado la frecuencia de sus escudos, por extrapolación podremos reducir mucho el rango de frecuencias en el que deberá moverse el IMod.

—Fantástico porque ya hemos terminado la instalación —dijo Austin Chang saliendo del compartimento bajo la cabina.

—Teniente comandante, en cabina estamos todo lo preparados que podemos estar. Soltaremos el rayo tractor e iniciaremos la aproximación a su orden —anunció la subteniente Stockman por el intercomunicador.

Alexander Munro miró a su compañero klingon.

—Alférez honorario Korban, creo que es un momento perfecto para que diga usted su frase.

El imponente guerrero mostró una poco tranquilizadora sonrisa que enseñaba toda su dentadura.


—¡Hoy es un buen día para morir! —gritó alzando al cielo su impresionante bat’leth, de la que en raras ocasiones se separaba.

El resto del escuadrón levantó el puño derecho y lanzaron un gutural grito de guerra. El ritual había pasado de ser una excentricidad de Korban a formar parte de la tradición de la Elite Force.

—Ya ha oído a los guerreros subteniente Stockman. ¡Vamos a por ellos! —ordenó Munro.

Cada miembro de la unidad sabía perfectamente lo que debían hacer sin que fuese necesario ordenar nada. Era una situación que habían vivido infinidad de veces. Elite Force no era solo un nombre bonito, eran la élite.
 
—¡Chell, voy a necesitarte en el escuadrón alfa! Esa nave es una amalgama de tecnologías alienígenas, tú eres nuestra mejor baza en ese campo.

El técnico boliano aceptó resignado la orden de su superior.

—Teniente Murphy, usted también vendrá con nosotros. Quiero a Janot, Chang, Korban y Sirk en el cuarto del transportador listos para el asalto en un minuto.
 
—Alférez Laird, fije el blanco en la nave orión e inicie el rastreo de frecuencias —le ordenó Sydney Stockman.

—Blanco fijado, iniciando secuencia —respondió aquella.

—No puedo aguantar más, la tensión va a resquebrajar nuestra nave. Vamos a hacerlo, es ahora o nunca. Alférez Kenioth, a mi señal apague el rayo tractor. ¡Ahora! —avisó la piloto de ojos azules tras unos segundos de pausa.
La Runabout se lanzó en un vertiginoso picado sobre la nave orión. Por la doble pantalla frontal Sydney y Elizabeth podían ver como el tamaño de su objetivo aumentaba rápidamente de tamaño hasta ocupar todo su campo visual.

—¿Algún avance, Elizabeth? Sería un buen momento para una respuesta afirmativa —casi rogó Sydney.

Una gota de sudor brilló en la negra piel de la alférez Laird. Cada músculo de su cuerpo estaba en tensión y su mente solo tenía espacio para la tarea que tenía entre manos. Era parte de su entrenamiento como budoka, una especie de truco mental para no dejar cabida a la desesperanza o el abatimiento.

—¡Funciona! —estalló finalmente llena de júbilo.

—Tengo las coordenadas de la brecha, las paso a su consola, subteniente —rugió la potente voz de Kenioth que en tan pocas ocasiones usaba.

Sydney Stockman solicitó una ruta de aproximación a la computadora de la Runabout y puso el motor de impulso al máximo. El hueco en el escudo no podía verse a simple vista, tenía que fiarse ciegamente de las indicaciones de Kenioth, que estaba en la consola del oficial de operaciones y se encargaba también de los sensores.

La entrada no fue precisamente espectacular, la Runabout pasó ligeramente escorada a babor y chocó contra el borde del campo protector. Como resultado la lanzadera entró en barrena girando descontroladamente en el sentido contrario a las agujas del reloj.
Cuando parecía que su destino iba a ser terminar aplastados contra el casco de la nave orión, Sydney
Stockman reaccionó conectando los motores para contrarrestar la inercia de la nave y consiguieron estabilizarse.

—Estamos dentro del campo protector del escudo. Alférez Keinoth, ¿está esperando acaso una orden por escrito? Transporte de una maldita vez al equipo de respuesta —gritó la subteniente.

Kenioth asintió con un escueto gruñido y activó el transportador.

Alexander Munro comenzó a notar la molesta sensación de vértigo que sentía cada vez que su cuerpo se desmaterializaba.

… CONTINUARÁ.


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